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miércoles, 5 de agosto de 2015

Un propietario oportunista: la movilidad en el pueblito zapopano-tapatío



 ¿Quién es el responsable de los traslados en la Zona Metropolitana de Guadalajara? Parecería que hemos llegado al nivel de desarrollo urbano al que hace unos treinta años aludía un visitante a Calcuta; asombrado, había llegado a la conclusión de que en esa ciudad de La India no eran necesarios los reglamentos pues bastaba con observar el tamaño de cada vehículo para conocer su jerarquía en la escala de los depredadores urbanos. Era claro que en la ciudad de Calcuta el peatón era el más vulnerable y el que tenía que esperar a que pasaran todo los demás: bicicletas, motos, autobuses, camiones de carga, patrullas, ambulancias…
Además de que Guadalajara se ubica en una latitud muy similar a la ciudad de india, ahora hemos logrado prescindir de las normatividades escritas. ¿Para qué necesitamos un reglamento de tránsito que apenas menciona al peatón si nos basta con saber que es éste el que menos derechos goza y el que más daños arriesga sufrir. El problema, según lo veo, es que quienes son los responsables asignados de la tarea de regular, coordinar y facilitar la movilidad de los habitantes y visitantes de esta noble y leal ciudad, no han sido capaces de anticipar las políticas de movilidad adecuadas. En una ciudad tan dispersa y mal planeada como es la Zona Metropolitana de Guadalajara, hace décadas que sufriomos por la contaminación ambiental causada por una enorme cantidad de vehículos de motor, la mayoría en manos de particulares y pocos dedicados a prestar un servicio de traslado, ya sea como taxis o como autobuses.
Las limitaciones del transporte colectivo en Guadalajara y las ciudades vecinas son conocidas desde hace medio siglo. Y son pocas las acciones y las estrategias que se han integrado como parte de los planes oficiales para facilitar o promover los traslados de una parte a otra de la ciudad, mucho menos para conectar con sistemas más amplios de traslados regionales o nacionales. Parte de la responsabilidad asignada para el asunto de la movilidad se ha dejado en manos de una secretaría que, no debe resultar sorpresa, se denomina “Secretaría de Movilidad” y que depende, al igual que otras secretarías, del poder ejecutivo del estado (es decir, del gobernador). Cabría esperar que, siendo que todos los secretarios responden a un mismo jefe, tuvieran alguna coordinación entre ellos para resolver los problemas que corresponden a cada uno de ellos… Y al menos no estorbar las funciones de los demás secretarios.
El responsable y, en cierto modo, el “propietario” de los problemas y las soluciones de movilidad en la ciudad sería el titular de esa secretaría. No obstante, en meses recientes, sobre todo hasta hace unos pocos días, con el cambio del titular de esa secretaría, parecería que, más que dedicarse a administrar, anticipar, resolver los problemas de la movilidad, esta secretaría se ha dedicado a sustituir a los bomberos de la ciudad (que ya de por sí cuentan con escasas estaciones en la metrópoli) y, “van a donde hay incendios”, aunque estos sean sólo figurados.
La Secretaría de Movilidad se dedica a resolver bomberazos en vez de responder a prioridades, planes, estrategias, operativos que sean diseñados en anticipación de los problemas de transporte en la metrópoli. Así, ha respondido, en parte por órdenes explícitas del gobernador Aristóteles Sandoval, en parte por carecer de un plan propio como secretaría, a distintas urgencias que no supo anticipar y que luego ha tratado de resolver de una en una.
El hecho de que se haya generado una flotilla de autobuses verdes y bajado la tarifa de $7.00 a $6.00 como respuesta al atropellamiento de cerca de veinte estudiantes en marzo del 2014, los operativos de control de alcoholemia (en donde trabajan las famosas “toritas”), las respuestas tardías al control y registro de autobuses y sus rutas, así como de los taxis y sus permisos, han convertido a la secretaría, más que en un agente de solución de problemas, en una revoltosa que genera más problemas de los que pretende resolver.
Así, el operativo de control de los traslados a partir del uso de la tecnología Uber, seguido por el control de los taxis (de los que, casualmente, se descubre no están adecuamente registrados, regularizados, apropiados y que probablemente tienen, hace muchos años más prestanombres que propietarios) demuestra que no había un plan “A” previamente diseñado, sino un plan “B” pergeñado sobre las rodillas. El operativo acabó desatando violencia entre unos prestadores de servicio y otros. Entre los choferes que manejan los automóviles de empresarios acostumbrados a la corrupción protectora o de ojos de hormiga de la SEMOV y habituados a que les acepten sus carcachas de escasa seguridad contra los choferes de uber, con lo que se vulneró también a los usarios de las (relativamente) nuevas tecnologías.
La falta de coordinación entre las secretarías que (se supone) tienen un mismo jefe, ha ocasionado aun más caos y retardos en las posibilidades de trasladarse de un lugar a otro dentro de una ciudad que lleva décadas de atraso en el renglón del transporte colectivo, ya sea público o privado. De tal modo, las obras del tren ligero se iniciaron en varios frentes, como resultado de que son distintos contratistas los que han entrado a operar en distintos puntos de la ciudad. Como son distintas secretarías las involucradas, y múltiples contratistas, además de distintos “propietarios”, la coordinación no ha sido una virtud que los distinga. Así, a pocas semanas de concluidas las obras de las zonas 30 en el centro de la ciudad, éstas pronto tuvimos que darlas por perdida debido a las desviaciones de una gran cantidad de vehículos cuyo peso y cantidad no habían entrado en los cálculos de lo que debían soportar como zonas tranquilizadas.
 Las obras, el caos y las consecuencias seguirán al menos hasta el 2017 para los negocios y vecinos, para los usuarios y prestadores de servicios. Y muchos de quienes viven lejos de esas obras o tienen que trabajar en lugares que no se ubican en las zonas se ven también afectados por las desviaciones, además de por las obras que se han abierto en otros frentes, ya sean para mejorar la movilidad o para corregir inundaciones y otras consecuencias de una planeación urbana hecha sin ganas de anticipar lo que podría suceder ni de recordar lo que año con año y temporada tras temporada se repite: más embotellamientos y enfangamientos.
Muchos de quienes habitamos esta metrópoli podemos anticipar el caos que se vendrá a mediados de agosto, cuando miles de estudiantes de distintos niveles regresen a clases. Lo que probablemente no podrán solucionar len la secretaría que es “propietaria” y a la vez encargada de resolver con oportunidad (y no, cuando salga la ocasión y se pueda anunciar alguna medida para resolver algo que creció sin que los encargados/responsables/propietarios se hubieran dado cuenta).
¿Dónde está la previsión y dónde los planes de trabajo para atacar estos problemas desde la Secretaría que en unas cuantas semanas podrá denominarse de la INMOVILIDAD?
Por otra parte, los alcaldes electos de Movimiento Ciudadano, encabezados por Alfaro en Guadalajara han anunciado que harán uso de sus facultades y harán que la movilidad vuelva a las manos de los ayuntamientos en aquellos municipios gobernados por los naranjas. De alguna manera, a la vista del caos que se deriva de la falta de previsión de una secretaría y la falta de coordinación de ésta con las demás, los alcaldes de Movimiento Ciudadano anticipan que serán capaces de generar planes, de proponer soluciones y con ello muestran que quieren quitar la propiedad de estos problemas al gobierno del estado y lucirse en vez de seguir con esta historia de la infamia que ha sido la de los traslados en la metrópoli zapopano-tapatía…

En contraste con tantos nichos de oportunidad de negocios que han sido desperdiciados por no generar establecimientos públicos y privados que atiendan a los usuarios de los servicios de movilidad (estaciones, paradas, aceras adecuadas, caminos peatonales y de transición entre modalidades de transporte), los alcaldes de MC parecen haber encontrado un nicho de oportunidad para aprender y practicar soluciones en su camino a la gubernatura. El proponer soluciones prácticas y de normatividad en el difícil campo de la movilidad metropolitana podría valerles, aun cuando sean soluciones parciales, la posibilidad de que los electores consideren en pasar a sus manos el control del gobierno del estado. Si bajan los polvos levantados por la desorganización y la falta de coordinación, aumentarán seguramente la claridad de los votantes hacia un determinado color entre los partidos políticos. Quien logre apropiarse adecuadamente y nombrarse el responsable de haber solucionado o siquiera anticipado algunos de estos problemas, estará en mejores condiciones de aprovechar la oportunidad que ha desaprovechado una secretaría (y un ejecutivo) sin visión de la complejidad que representa el trasladarse en una ciudad de esta magnitud y con estos antecedentes de dispersión espacial, corrupción en la prestación de servicios y falta de vigilancia y sanción de quienes están encargados de mover a quienes la habitamos.

miércoles, 6 de junio de 2012

¡Tú lo prometiste!


Mi esposa, que es abogada, me dice que las promesas hechas de manera verbal, al menos en nuestro país, generan compromisos y obligaciones tan fuertes como si se hubiera firmado un contrato. El problema, me parece, es que rara vez tenemos testigos y si los tenemos, estos no siempre tienen la memoria o la disposición para recrear el momento en que ellos estuvieron como terceras personas de la promesa entre la primera y la segunda.
Hace unos días, en son de broma, mi hermano me comentó que me regresaría el carro que yo le había prestado el fin de semana en que él estuvo en mi rancho globero y escasamente bicicletero, y me preguntó: “¿y si me pagas este carro con la bicicleta plegable que tienes en tu casa?”. “Es un buen pago”, le contesté, “porque este carro cuesta más que la bicicleta”. Aunque sabemos que los dos vehículos son “míos”, aunque quizá tendría que buscar en mis archivos para demostrarlo, más allá de las declaraciones de testigos que pudieran ser memoriosos y dispuestos, mi cuñada aprovechó para señalar: “pues mejor véndeme la bicicleta”. “Ándale pues”, respondí. Y detallamos precios y condiciones. Los tres sabíamos que se trataba de una broma y jugábamos a hacer negociaciones mercantiles sin tener la intención del intercambio de un bien material por un monto de dinero.
En un momento de la conversación, mi cuñada, que también es abogada (y además tan inteligente como su concuña, como para escoger esa misma profesión y también haber seleccionado como sus actuales maridos a dos hermanos tan bien parecidos entre sí), señaló: “¡híjole!, ya estamos obligados a comprar la bicicleta después de esta promesa de compra”. La conversación no pasó a más, quizá porque caí en la cuenta de que yo estaba también obligado a venderla después de esa promesa de venta, así que mejor me quedé callado y ya ninguno de los tres prometió cosa alguna y simplemente recibí mi carro de regreso. Asunto concluido.
La anécdota me deja, empero, con la reflexión de qué tan comprometidos se sienten quienes prometen algo, ya sea con la intención de cumplir, ya sea con la intención de obtener algo a cambio de una simple promesa. Vamos por parte, al estilo de Jack (aquel del Londres decimonónico). Si Max Weber señalaba que su intención al hablar de los tipos de dominación NO incluía la dominación que una esposa ejerce sobre el marido para que éste se comprometa a determinada acción, me parece que el asunto de las promesas SÍ debe abordarse desde una perspectiva más íntima antes de pasar a una más pública.
En el ámbito de lo íntimo, supongamos que un esposo le reclama a su cónyuge: “pero si tú prometiste serme fiel y no andar de coscolina con algún otro que te dijera cosas bonitas y te llevara flores en tu cumpleaños. ¡Tú lo prometiste!”. La mujer bien podría responderle: “sí, pero recuerda que tú prometiste ser romántico y conservarte joven delgado, guapo, perfumado y platicarme cosas que atrajeran mi interés. Fuiste tú quien rompió su promesa primero, pues ni me traes flores, ya ni digo que te dejaste crecer la panza y dejaste caer todo el pelo y todo el perfume y además sólo refunfuñas en vez de platicar”.
Ante este recíproco incumplimiento de promesas, que a veces se complica porque los efectos de las feromonas, del alcohol, del perfume de ella y de él, han dejado de ser tan poderosos como lo fueron en sus primeras aplicaciones (ningún fabricante de esas sustancias garantiza que seguirán influyendo indefinidamente en el objeto de nuestros encantamientos amorosos), no queda más que reconocer que, aunque los demás no cumplen sus promesas, tampoco somos nosotros un dechado de verdad, virtud y tino en la predicción y es poco frecuente que sepamos las condiciones en que transcurrirán nuestras vidas, carreras laborales y profesionales como para andar por la vida prometiendo cosas que luego ya no podremos cumplir.
Así que en algún momento  tenemos que retirar nuestras promesas o liberar a los demás de cumplir sus promesas y compromisos contraídos en otros momentos y condiciones. Y, si no lo hacemos, pues decepcionar a los demás o sentirnos defraudados por los otros.
Visto que ni siquiera los novios o cónyuges que se prometen y juran, e incluso firman sus promesas y compromisos, pueden o están dispuestos a cumplir, o incluso hasta pierden la memoria, haya o no testigos de promesas y compromisos, en el ámbito de lo público, la cosa es más complicada. Resulta que cualquier funcionario público que prometa resolver algún problema de esos que sólo se resuelven con la intervención de trámites, papeleos y billetes de por medio, no necesariamente sabe qué pasará con las acciones de sus subordinados (¿lo obedecerán?) o de sus superiores (¿lo escucharán y cumplirán sus obligaciones normativas?). Ni tampoco el plomero sabe si la ferretería estará abierta para conseguir el material que dijo que serviría para resolver la fuga de agua que tenemos en mitad de la sala de nuestra casa; ni siquiera el que repara las llantas está seguro de que habrá electricidad para echar a andar la compresora de aire, así que también puede incumplir su promesa de resolver el problema de una llanta baja con la misma rapidez al usar una bomba de mano. Es más: ni siquiera el pastor puede prometer a su grey la salvación, pues no conoce la cantidad de cochambre de las almas de cada uno de ellos, ni tampoco conoce con exactitud (a pesar de los siglos de controversias doctrinales y de conflictos inter-religiosos) los criterios por los cuales los dioses decidan preservar (y en dónde) los espíritus de los creyentes o de los infieles.
Hacer una cita con alguien conlleva una promesa implícita, que, en términos explícitos debería rezar más o menos así: “te prometo que estaré presente en determinado lugar, a determinada hora de determinada fecha”. A veces la promesa debería extender algunas de sus condiciones y la gente añade lindezas como “con la tarea hecha y corregida”, o “con el mismo y más amor que el te profesaba ayer”, o “con el mismo deseo y lujuria por tu hermoso cuerpo y sonrisa como la que te mostré en la más reciente ocasión”, o “con la inteligencia y buen humor que siempre me caracterizan”, o “tan informado y dispuesto a trabajar como siempre lo he hecho”.
Pero, como ya dije, normalmente la gente se queda con establecer la cita con unas cuantas coordenadas explícitas y deja las demás condiciones en el campo de lo implícito. Así que las condiciones externas y fuera del control de la persona, rara vez se expresan más allá de una generalizadora y ambigua condición como “si Dios quiere”.
De tal modo, recuerdo que mi padre solía comentarles a sus pacientes que veía en perfectas condiciones de salud: “está usted muy bien, regrese dentro de veinte años”. Y, veinte años después, algunos de esos pacientes volvían a cumplir puntualmente la cita que el médico les había dado en la misma fecha de dos décadas atrás, por la tarde. Mi padre estableció varias de esas citas durante su vida profesional y rara vez fallaban los pacientes, a menos que el padecimiento no fuera como para aguantar vivos los siguientes veinte años. Seguramente algunos de los pacientes que él citó están cayendo en la cuenta de que su médico ya no podrá cumplirles su promesa y no estará presente en la cita en la que prometió estar presente. Lo bueno es que también él solía añadir, tras una pausa que parecía ser la definitiva tras la despedida: “si Dios quiere…”.
Recordemos que ni siquiera las compañías aseguradoras te garantizan que seguirás viviendo, sino sólo dan la garantía de que si te mueres y además lo haces bajo las condiciones estipuladas, ellos prometen cumplir con el pago de determinadas cantidades a los deudos, pero sólo en el caso de que estos (y no otros no especificados por escrito) sigan existiendo. Todo claro.
En estos tiempos que en nuestro país son pre-electorales, solemos encontrarnos con una gran cantidad de promesas de los candidatos a diversos puestos en diversos ámbitos de los poderes legislativo y ejecutivo. Una de las debilidades que suele señalar mi inteligente esposa a esas promesas es la de que no dicen cómo van a lograr lo que prometen, ni de dónde van a sacar los recursos esos políticos para cumplir aquellas promesas. Aun suponiendo que tus amigos, tu pareja, los candidatos del partido y orientación política y económica de tu preferencia pudieran cumplir sus promesas, queda la inquietud de si, verbales o por escrito estarán en condiciones de cumplirlas. Recuerda, también que ellos están esperando llegar a esos puestos desde los que supuestamente cumplirán lo que prometieron, en caso de que les des tu voto, es decir, “si los electores quieren”.
La pregunta que queda en el aire es: ¿cuántos enamorados, funcionarios, amigos o políticos conoces, que cumplan TODAS sus promesas y a los que nunca se les haya atravesado una marcha, unas curvas bien torneadas, un embotellamiento, una charla que se prolongue, una crisis financiera, algún calentamiento global, alguna oposición parlamentaria, algún recorte presupuestal, alguna tentación alternativa que les impide cumplir sus promesas?