viernes, 13 de julio de 2012

Estado actual de la revista ESTUDIOS SOCIALES (13 de julio de 2012)


Mtro. Pablo Arredondo Ramírez
“Rector” del CUCSH
Universidad de Guadalajara
P R E S E N T E

Guadalajara, Jalisco, 13 de julio de 2012
ASUNTO: revista Estudios Sociales 2011 y 2012

Con fecha 14 de diciembre de 2011 le envié a usted una propuesta de fechas para la aparición de los números 8 al 12 de la revista Estudios Sociales. Su aceptación tácita de esa propuesta de fechas no se ha correspondido con las acciones pertinentes y las fechas señaladas no se han cumplido a cabalidad. Además del número 8 (que apareció meses después de la fecha señalada), no han aparecido los siguientes números, correspondientes a los años 2011 y 2012. Reitero aquí las fechas propuestas en aquella ocasión:
·        Viernes 13 de enero de 2012 (entrega del número 8; primer semestre del 2011; ya está diagramado y listo para su impresión y para ser subido a internet);
·        Viernes 9 de marzo (entrega del número 9; segundo semestre del 2011; se entregó hace varias semanas a la secretaría académica del CUCSH);
·        Viernes 14 de junio (entrega del número 10; primer semestre del 2012; enviaremos el material a edición, diagramación e impresión en cuanto recibamos los ejemplares impresos de los números 8 y 9);
·        Viernes 17 de agosto (entrega del número 11; segundo semestre del 2012; enviaremos el material a edición, diagramación e impresión en cuanto recibamos los ejemplares impresos del número 10);
·        Viernes 19 de octubre (entrega del número 12; primer semestre del 2013; enviaremos el material a edición, diagramación e impresión en cuanto recibamos los ejemplares impresos del número 11).
El material correspondiente al número 9 de la revista se entregó en la secretaría académica del centro en el que usted funge como “rector” desde agosto de 2011. Como podrá usted notar en caso de leer con atención, la NUEVA fecha en que debió estar publicado ese número ya es historia pasada, al igual que la fecha en que debió publicarse el número 10. Cabe señalar una vez más, que los números 8 y 9 debieron aparecer en 2011 y que los números 10 y 11 ya deberían estar listos para estas fechas del 2012. Nuestra intención ha sido, le reitero, presentar la revista al inicio de los semestres correspondientes, para lo cual hemos realizado esfuerzos durante años en coordinación con los autores y dictaminadores que colaboran con la revista. Desafortunadamente, le señalo que TIENE USTED UN MARCADO RETRASO en sus gestiones, lo que me confirma el Dr. José María Nava al señalar que “de arriba” no le autorizan los fondos para la diagramación de la revista, y ello a pesar de que él mismo se comprometió en febrero de 2012, ante mí y varios miembros del consejo de redacción, a que ésta aparecería sin interrupciones a partir de esa reunión.
Reiteradamente le he hecho notar a usted como “rector” y al Dr. José María Nava como secretario académico del centro universitario, la importancia de que podamos dar una respuesta a los autores y a los coordinadores de las secciones temáticas. Le he pedido que proponga alguna respuesta que incluya fechas de aparición de esta revista creada a principios de los años ochenta por el Dr. Manuel Rodríguez Lapuente, director a la sazón del Instituto de Estudios Sociales (IES) de la Universidad de Guadalajara. La revista, me permito informarle, fue de las primeras en aparecer sobre estas disciplinas en la mencionada casa de estudios, aunque es probable que usted no lo supiera antes o haya optado por fingir ignorarlo, al igual que hizo por ignorar y descalificar el trabajo realizado por los académicos del IES, cuyo nombre cambió en los años noventa a Departamento de Estudios de la Cultura Regional. Los autores no han recibido respuesta de parte las autoridades de nuestro centro universitario y le he señalado por escrito en varias ocasiones que, de no publicarse a tiempo esos materiales, estaríamos arriesgando la posibilidad de entrar en el padrón de CONACYT. Esa información, y el hecho de que yo le informara que algunos autores habían decidido retirar sus trabajos, no sirvieron para que usted aceptara entrevistarse conmigo ni para fijar alternativas ni siquiera de parte del secretario académico, quien declara que depende de la autoridad del rector del centro para esa decisión. Ante esto, sugerimos a los autores encaminar parte del material a otras revistas fuera de la Universidad de Guadalajara. Han aparecido dos números de revistas universitarias alimentados por material que originalmente se envió a Estudios Sociales de la Universidad de Guadalajara, al igual que un libro, debido a que usted se ha negado, con su hermetismo, a apoyar a la mencionada revista, a pesar de mis solicitudes o de las realizadas por los miembros del consejo de redacción desde 2011.
En consecuencia, muchos de los textos que debieron aparecer en los números correspondientes al 2011 y 2012 se han publicado fuera de la Universidad de Guadalajara. Ello refleja, a mi entender, la falta de respeto que usted ha mostrado para el trabajo académico de los autores dentro y fuera de la universidad de Guadalajara, además de su desconocimiento de lo que son las funciones sustantivas de la universidad.

Uno de los mensajes de un coordinador de sección temática señala (y cito):
Estimados Colegas, por respeto a los autores que han participado con sus trabajos, necesitamos dar una explicación. Y decirles si estos trabajos van a ser publicados o no. Me he visto en la necesidad de dar constancias de que he recibido sus trabajos para publicación. No sólo en México sino con otros colegas de Argentina, Brasil, Venezuela, a quienes hay que hablarles con la verdad. Espero su apoyo. Es urgente, ya que me reclaman constantemente.

Le he hecho llegar ése y similares mensajes a usted y al secretario académico, informándoles que más de un centenar de autores se encontraban en esa situación en el año de 2011. El número de autores cuyo material está pendiente se ha reducido porque han retirado sus textos para enviarlos a otras revistas fuera de la U. de G; mientras tanto, ni usted ni el secretario académico han señalado salida ni alternativa alguna, además de retrasar la aparición de la revista.
Cabe señalar que la revista se ha visto afectada por su decisión (que ha sido calificada de “obcecación” y “obsesión” de parte de otros funcionarios de la universidad) de desaparecer el ya mencionado departamento de estudios de la cultura regional (DECUR).
Su decisión, que no se basa en diagnóstico de acceso público alguno, sino en lo que aparenta ser un mero capricho personal, se ha reflejado en el dictamen número CE/CN/101/2011, de fecha 8 de diciembre de 2011, turnado a las Comisiones Permanentes Conjuntas de Educación, de Hacienda y de Normatividad, tras un año de insistir en la urgencia de que aparezca la revista Estudios Sociales. En él, se argumenta sin tomar en cuenta lo que los expertos en estadística llaman “la clase de referencia”. Como usted no tiene idea de lo que connota la expresión, le explico brevemente en qué consiste. Para hablar de un caso, es necesario contextualizarlo en el conjunto de los casos similares. De tal modo, al decir que los académicos de determinado departamento no tienen horas de docencia, habría sido sensato contextualizar cuál es el conjunto en el que se inserta el “caso” de ese departamento: ¿cuál es la cantidad y la proporción de académicos que cubren  horas de docencia en todo el centro universitario? ¿Cuáles son esas cifras para cada departamento? ¿Cómo se dan las proporciones para toda la Universidad de Guadalajara y para otras universidades en el país? Es una evidente falacia fundamentar una decisión de esa magnitud, que desaparece de un plumazo a la primer dependencia dedicada a la investigación en la U. de G como fue el IES y recientemente denominado DECUR. Desconocer mañosamente la clase de referencia (profesores con docencia para cada departamento), se corresponde con su negativa a presentar el diagnóstico y el supuesto plan de reestructuración del centro universitario, a pesar de las solicitudes que le hemos presentado a usted directamente y en “transparencia” de la U. de G.
De hecho, la supuesta información respecto a las horas de docencia que cubrían los profesores del DECUR es bastante sospechosa cuando se toma en cuenta que usted  no dispone de una fuente confiable de información, como se deja ver en el hecho de que recientemente se nos haya llamado a varios profesores del departamento de sociología (al que estoy adscrito desde el 16 de abril de 2012) para señalarnos que “no cumplimos” con nuestra carga horaria según la información con la que cuenta la administración de personal y escolar del centro que usted “dirige”. De hecho, ese “incumplimiento” se debe a un notable subregistro (en mi caso, del 75%) de la cantidad de asignaturas y horas que atendemos los profesores de ese departamento. Si en el resto de los departamentos del Centro Universitario de Ciencias Sociales e la Universidad de Guadalajara existe esa misma tasa de subregistro, no es de extrañar que no se haya dado a conocer en el dictamen de desaparición del DECUR, pues no sólo no conoce las cifras reales, sino que las utiliza para amedrentar a los profesores señalándonos que no cubrimos con nuestras cargas horarias de docencia cuando en realidad sí lo hacemos.
Incluido en ese dictamen de desaparición del DECUR hay una cláusula que podrá no ser tan famosa como la tesis que lleva el mismo número escrita por el renano Carlos Marx a propósito de la filosofía de Ludwig Feuerbach, pero para usted en concreto implica una obligación más perentoria. La cláusula “11” de ese dictamen señala “Que la revista Estudios Sociales que atiende el Departamento, también puede seguir su cauce y desarrollo sin que sea necesaria la adscripción al DECUR”. De tal modo, esa frase de un dictamen sometido por usted y su equipo al Consejo General Universitario, reitera la obligación que tiene usted de apoyar la aparición de la revista.
Le repito, por enésima vez, que el material del número 9 de la revista ha estado en sus oficinas desde hace casi un año, y usted ni ha apoyado su publicación, como debería, ni ha ofrecido fechas alternativas. Ello ha significado que una de las más antiguas publicaciones (que ya no es periódica) de la Universidad de Guadalajara perdiera la posibilidad de entrar al registro de CONACYT y a otros índices de revistas, además de que ha contribuido a que la misma universidad pierda prestigio en los ámbitos local, regional y nacional y además en el ámbito académico internacional por el hermetismo de las supuestas “autoridades” de cuando menos uno de los centros universitarios.
El dictamen mencionado arriba tiene paralelos en otros casos dentro del CUCSH. ¿Qué ha pasado, por ejemplo, con la supuesta creación de una “cineteca” como pretexto para la súbita desaparición del Centro de Investigaciones y Estudios Cinematográficos que se ubicaba en el mismo edificio que el DECUR (Juan Manuel 130, Guadalajara-Centro)? ¿Debemos tomarlo como uno más de los ejemplos de su argumentación falaz para “legitimar” sus decisiones arbitrarias ante el Consejo General Universitario y quienes trabajan o estudian en la Universidad de Guadalajara? ¿Qué ha pasado con mis solicitudes de información respecto a qué otros departamentos y dependencias del CUCSH seguirían vigentes tras la aplicación del supuesto plan de reestructuración para que los académicos del DECUR pudiéramos decidir/proponer a qué departamentos podríamos cambiar nuestra adscripción?
Cuando se menciona el supuesto respeto a los derechos de los trabajadores en el dictamen de desaparición del DECUR parece que se olvida que en ningún momento se nos dio a conocer a quienes trabajábamos en ese departamento, el “diagnóstico” que llevaría a ese tratamiento fatal. En el contexto de la “reestructuración” del centro universitario, para la que no existe plan escrito, usted mismo ha informado que se han perdido (al menos) 52 plazas de académicos y 37 de personal administrativo. Algunas de ellas se han “perdido” porque algunos de los trabajadores han optado por jubilarse, tanto de los que trabajaban en el DECUR como en otras dependencias, algunos de ellos porque en la oficina de personal del CUCSH les han informado que no tienen cabida en otras funciones. Y el hecho de que no se hayan recuperado es muestra adicional de que usted no ha tenido la capacidad de gestionar que se cubra, con nuevo personal capacitado y adecuado, con las funciones que dejaran quienes cubrían esas plazas.
A lo largo de este año en que usted se ha negado a apoyar a la revista Estudios Sociales por su intención de desaparecer el departamento en que estaba adscrita, se ha negado a informar acerca de diagnósticos y planes para todo el CUCSH, y se ha negado también a entrevistarse conmigo como director de la revista, con los miembros del consejo de redacción y con varios de los académicos y administrativos del DECUR y otros departamentos. Incluso se sabe que ha prometido el establecimiento de dependencias alternativas, para luego incumplir con su palabra, lo que le ha valido que se le califique con algunos mexicanismos que hacen referencia, los menos, al trabajo culinario, y los más, a algunos personajes míticos cuyos nombres suelen aplicarse a quienes no cumplen con su palabra. A lo largo de este año, algunos funcionarios me han expresado su temor, en caso de cumplir ellos con su trabajo como marca la normatividad, a perder el empleo a raíz de alguna iracunda decisión de parte de usted en el sentido de retirarlos del cargo.
De seguir incumpliendo con sus funciones como marca la normatividad, convendría que usted renunciara al cargo de rector de este centro universitario y lo dejara a alguien con deseos de servir, con capacidad y conocimiento y que no se dedique a reprimir, menospreciar e ignorar a los trabajadores administrativos y académicos a los que, por normatividad, está obligado a apoyar. A su falsa creencia de considerarse “jefe” de aquellos a quienes debe servir, se añade su irresponsabilidad de no documentarse acerca de cuáles son sus funciones según la normatividad y el hecho de burlarse cotidianamente, con su hermetismo y su falta de respuesta oficial, del trabajo ajeno.
De no publicarse antes de las vacaciones de verano de 2012 de la U. de G. los números correspondientes al 2011 y 2012 de la revista Estudios Sociales (revista que no sólo forma parte de la función de DIFUSIÓN que marca la normatividad, sino que usted ha descalificado explícitamente diciendo a uno de los miembros del consejo de redacción que ya hay muchas revistas en el CUCSH y que no importa que a ésta no se le apoye), considero conveniente que las instancias correspondientes en la Universidad convoquen a una consulta amplia y concienzuda acerca de quién y cómo deberá cubrir adecuada y legítimamente el puesto de rector del centro universitario de ciencias sociales y humanidades de la Universidad de Guadalajara. Es decir, alguien que cumpla con entusiasmo y dedicación con las funciones que marca la normatividad. Lo que ha quedad en claro es que las tres personas que han cubierto previamente este cargo lo han hecho mejor que quien lo ocupa en la actualidad.
Convendría que llegara alguien que sí pueda y sepa cumplir con las tareas de rector de este centro universitario, y además con las ganas de aprender que se requieren para esta función. Sobre todo, con la voluntad para cumplir con su parte del trabajo en una institución que requiere la constante cooperación y comunicación entre quienes laboran en ella.
A lo largo de este año, ha dejado usted en claro que no tiene usted ni la autoridad moral, ni el conocimiento de lo que es la actividad académica, ni las capacidades y habilidades de comunicación y administrativas necesarias para fungir como rector de un centro universitario de una casa de estudios de la importancia y trayectoria de la Universidad de Guadalajara en Jalisco y en México, además de las que tiene ésta en el mundo académico internacional. En concreto, aun cuando usted no lo reconozca, su falta de respuesta, de apoyo, de apertura y de capacidad durante (al menos) el último año, durante el cual no ha podido cumplir con las funciones a las que se vio comprometido por la salida intempestiva de este cargo del actual rector general, el Dr. Marco Antonio Cortés Guardado, se han convertido en un lastre para nuestro centro universitario y nuestra universidad en su conjunto. Entiendo que también este alegato de mi parte lo dejará usted sin leer y seguramente sin responder. Aun cuando es su obligación responder a ésta y a mis comunicaciones anteriores, durante este año ha dejado en claro que ello va más allá de sus deseos y capacidades. Lo que sí podemos proponer enfáticamente a la comunidad universitaria es que usted deje ese puesto a alguien que sí sepa, quiera y pueda cumplir con las atribuciones que marca la normatividad.

Atentamente,


Luis Rodolfo Morán Quiroz

C.c.p. Dr. Marco Antonio Cortés Guardado. Rector General de la Universidad de Guadalajara
C.c.p. Dr. Héctor Raúl Solís Gadea. Coordinador General Académico de la U. de G.
C.c.p. Dr. José María Nava Preciado. Secretario Académico del CUCSH-U. de G.
C.c.p. Edmundo Camacho. Coordinador de Publicaciones del CUCSH-U. de G.
C.c.p. Profesores de la Universidad de Guadalajara adscritos al Sistema Nacional de Investigadores
C.c.p. Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología
C.c.p. Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior
C.c.p. Consejo Mexicano de Ciencias Sociales

martes, 10 de julio de 2012

Han de ser puras mentiras...


¡A mí no me crean!

Cuentan quienes dicen saber acerca de lo que cuentan, que en diciembre de 2010 el sindicato de trabajadores académicos de la Universidad de Guadalajara prestó 70 millones de pesos a la cámara de diputados de Jalisco para “pagos de sueldos y aguinaldo de más de mil 200 empleados”. En un mensaje fechado el 9 de julio de 2012, se afirma, empero, que “del monto prestado, aún se adeudan 21 millones de pesos. Hace 10 meses que el Legislativo suspendió el pago. El Legislativo refiere que no existe convenio firmado entre el Sindicato de la Universidad de Guadalajara y el Congreso local, ello eximiría a los diputados de liquidar el adeudo”. Yo sospecho que se trata de infundios que les hacen a los líderes sindicales y a los legisladores, pues los primeros serían incapaces de prestar dinero ajeno (de los profesores universitarios) y los segundos jamás han dejado de cumplir con sus compromisos, así sean verbales, cuantimenos dejarían de pagar lo que alguien les hubiese prestado para sacarlos de un apuro y continuar así respondiendo tan eficientemente como hasta ahora con los jaliscienses que los llevaron a sus curules.
Hay quienes dicen que buena parte de los funcionarios de la mencionada casa de estudios manifiestan cierta fobia a la palabra “auditoría”, y por ello desde hace años la llamada a la “rendición de cuentas” que se les hace desde dentro y fuera de esa institución se ha convertido en un acalorado tema de debate. ¿Deben los jaliscienses saber en qué se gastó el dinero que ellos, como contribuyentes fiscales han hecho llegar a esa institución? Dicen algunas de mis fuentes que “eso sería lo más lógico”. Pero a mí no me crean, capaz que esas fuentes de información están equivocadas y las autoridades de todos los niveles dejan bastante claro siempre en qué se gastan los recursos recibidos, en qué acciones y en qué adquisiciones.
No me crean a mí, pero dicen algunas personas que se etiquetan como expertas, que hay algunos encargados de funciones dentro de la Universidad que en realidad no cumplen con sus funciones, aun cuando éstas estén especificadas en la normatividad de la institución. Se dice de algunos que llegan tarde y se van temprano muy maquillados y sonrientes, a cumplir con sus concertadas citas fuera de las oficinas y dentro de las cantinas, para establecer acuerdos a la luz de los etanoles. Yo no soy una fuente confiable, pues a mí sólo me llegan los chismes, pero hay quien incluso afirma que una buena parte de los recursos de algunos centros universitarios se gastaron en las campañas de al menos dos partidos en los que militan funcionarios-políticos que aseguran controlar a esos partidos en el estado.
Hay quienes aseguran que en realidad lo que pasa es que esos funcionarios se salen temprano de sus oficinas o no van a ellas porque desde ahí no son capaces de gestionar recursos o apoyar las acciones académicas. Se dice incluso, pero no me crean a mí, por favor, que hubo alguna vez un alto funcionario al que tuvieron que explicarle que en la universidad hay que apoyar que haya clases y apoyar que los estudiantes tengan espacios y recursos para formarse en los niveles medio-superior y superior. Aun cuando yo tengo la seguridad de que hay algunos funcionarios que no saben ni siquiera que la docencia, la investigación, la difusión y la extensión forman el conjunto de las funciones sustantivas de la universidad, no por eso tienen que creerme a mí, y a lo mejor no es cierto que hay quienes, cumpliendo funciones adjetivas, se consideran jefes de quienes realizan las sustantivas y hasta quieren limitarlos en sus acciones y compromisos establecidos en la normatividad.
No me crean cuando les digo que hay rumores de que existen rectores en los centros universitarios que se niegan a recibir a los trabajadores académicos y administrativos o a los estudiantes para tratar acerca de las maneras en que pueden apoyarse las actividades o mejorarse los procesos y trámites atingentes a una institución de educación superior. Esos rumores han de ser puros infundios de envidiosos de la eficiencia con la que se maneja la universidad jalisciense que lleva el nombre de su ciudad capital.
Puras afirmaciones temerarias han de ser las de quienes señalan que alguno de ellos ha declarado que no apoyan determinadas acciones a las que están comprometidos según la normatividad pues “no importa que no se cumplan determinadas funciones en el centro universitario, al cabo de eso ya hay mucho que se ha hecho y se sigue haciendo”. Falso ha de ser, no me lo crean, que a algunos de los maestros nos han mandado llamar en nuestros departamentos para decir que no cumplimos con nuestra carga docente y nos muestran la lista de una sola asignatura en vez de las cuatro que impartimos. Eso sería como reducir en un 75% la carga real de algunos profesores con sepan los dioses qué intenciones. Intenciones que los funcionarios de esta universidad jalisciense serían capaces de siquiera concebir. Por eso, el dictamen de desaparición del departamento de estudios de la cultura regional no tiene absolutamente nada que ver con la tramposa definición que tan bien entienden los estudiantes de ciencias sociales y de la salud en el sentido de que existen, en orden ascendente de falsedad, “las mentiras, las mentirotas, las estadísticas y las guardias”. En ese dictamen se recurre a la pura verdad y se decide suprimirlo porque las estadísticas dictadas por alguno de esos funcionarios son la mera y límpida verdad de diosito y la virgen María, pues esos funcionarios serían incapaces de mentir con tal de borrar de un plumazo (que les tomó un año en concretar) a la primer dependencia de la universidad dedicada a la investigación en ciencias sociales.
No me crean a mí, pero dice ese mismo dictamen “Que la revista “Estudios Sociales” que atiende el Departamento, también puede seguir su cauce y desarrollo sin que sea necesaria la adscripción al DECUR” (punto número 11) y han de ser puros rumores que esa revista ha tenido dificultades para aparecer desde el 4 de mayo del 2011. Han de ser rumores y quizá no es cierto que los autores han estado solicitando información a quienes trabajamos en esa revista respecto a fechas de aparición de sus artículos. También ha de mentir quien diga que la revista no ha aparecido y que la secretaría académica de la rectoría de ciencias sociales y el propio rector de ese centro han sido eficientes y atentos y han recibido a quien les pregunte, por escrito o en persona, acerca del destino y manejo de la revista. No me crean a mí, pero al menos los artículos correspondientes a dos secciones temáticas de números sucesivos de esa revista han aparecido, a falta de apoyo de los funcionarios del centro de ciencias sociales y humanidades de la Universidad de Guadalajara, en una revista fuera del estado y de la mencionada universidad. Han de ser mentiras que también ha aparecido un libro con  material que pudo haberse incluido en esa revista.
Han de ser puros infundios, aunque digan algunas de mis fuentes que existen funcionarios que, aparte de creerse jefes y no servidores públicos, enfurecen con el sólo escuchar que los universitarios, tanto académicos, como trabajadores administrativos, o estudiantes, son capaces de disentir con sus planes secretos.
Puras mentiras son ésas que achacan a algunos funcionarios y ex – funcionarios de la universidad intereses políticos o económicos que van más allá de la promoción de la cultura, la formación de profesionistas y técnicos, la salvación de la humanidad y la reducción del calentamiento global. Puros infundios. A mí no me crean. Vayan y pregunten a quienes sí saben de esto. A ver si a ustedes sí les responden quienes se dicen con “autoridad”.

Luis Rodolfo Morán Quiroz

miércoles, 6 de junio de 2012

¡Tú lo prometiste!


Mi esposa, que es abogada, me dice que las promesas hechas de manera verbal, al menos en nuestro país, generan compromisos y obligaciones tan fuertes como si se hubiera firmado un contrato. El problema, me parece, es que rara vez tenemos testigos y si los tenemos, estos no siempre tienen la memoria o la disposición para recrear el momento en que ellos estuvieron como terceras personas de la promesa entre la primera y la segunda.
Hace unos días, en son de broma, mi hermano me comentó que me regresaría el carro que yo le había prestado el fin de semana en que él estuvo en mi rancho globero y escasamente bicicletero, y me preguntó: “¿y si me pagas este carro con la bicicleta plegable que tienes en tu casa?”. “Es un buen pago”, le contesté, “porque este carro cuesta más que la bicicleta”. Aunque sabemos que los dos vehículos son “míos”, aunque quizá tendría que buscar en mis archivos para demostrarlo, más allá de las declaraciones de testigos que pudieran ser memoriosos y dispuestos, mi cuñada aprovechó para señalar: “pues mejor véndeme la bicicleta”. “Ándale pues”, respondí. Y detallamos precios y condiciones. Los tres sabíamos que se trataba de una broma y jugábamos a hacer negociaciones mercantiles sin tener la intención del intercambio de un bien material por un monto de dinero.
En un momento de la conversación, mi cuñada, que también es abogada (y además tan inteligente como su concuña, como para escoger esa misma profesión y también haber seleccionado como sus actuales maridos a dos hermanos tan bien parecidos entre sí), señaló: “¡híjole!, ya estamos obligados a comprar la bicicleta después de esta promesa de compra”. La conversación no pasó a más, quizá porque caí en la cuenta de que yo estaba también obligado a venderla después de esa promesa de venta, así que mejor me quedé callado y ya ninguno de los tres prometió cosa alguna y simplemente recibí mi carro de regreso. Asunto concluido.
La anécdota me deja, empero, con la reflexión de qué tan comprometidos se sienten quienes prometen algo, ya sea con la intención de cumplir, ya sea con la intención de obtener algo a cambio de una simple promesa. Vamos por parte, al estilo de Jack (aquel del Londres decimonónico). Si Max Weber señalaba que su intención al hablar de los tipos de dominación NO incluía la dominación que una esposa ejerce sobre el marido para que éste se comprometa a determinada acción, me parece que el asunto de las promesas SÍ debe abordarse desde una perspectiva más íntima antes de pasar a una más pública.
En el ámbito de lo íntimo, supongamos que un esposo le reclama a su cónyuge: “pero si tú prometiste serme fiel y no andar de coscolina con algún otro que te dijera cosas bonitas y te llevara flores en tu cumpleaños. ¡Tú lo prometiste!”. La mujer bien podría responderle: “sí, pero recuerda que tú prometiste ser romántico y conservarte joven delgado, guapo, perfumado y platicarme cosas que atrajeran mi interés. Fuiste tú quien rompió su promesa primero, pues ni me traes flores, ya ni digo que te dejaste crecer la panza y dejaste caer todo el pelo y todo el perfume y además sólo refunfuñas en vez de platicar”.
Ante este recíproco incumplimiento de promesas, que a veces se complica porque los efectos de las feromonas, del alcohol, del perfume de ella y de él, han dejado de ser tan poderosos como lo fueron en sus primeras aplicaciones (ningún fabricante de esas sustancias garantiza que seguirán influyendo indefinidamente en el objeto de nuestros encantamientos amorosos), no queda más que reconocer que, aunque los demás no cumplen sus promesas, tampoco somos nosotros un dechado de verdad, virtud y tino en la predicción y es poco frecuente que sepamos las condiciones en que transcurrirán nuestras vidas, carreras laborales y profesionales como para andar por la vida prometiendo cosas que luego ya no podremos cumplir.
Así que en algún momento  tenemos que retirar nuestras promesas o liberar a los demás de cumplir sus promesas y compromisos contraídos en otros momentos y condiciones. Y, si no lo hacemos, pues decepcionar a los demás o sentirnos defraudados por los otros.
Visto que ni siquiera los novios o cónyuges que se prometen y juran, e incluso firman sus promesas y compromisos, pueden o están dispuestos a cumplir, o incluso hasta pierden la memoria, haya o no testigos de promesas y compromisos, en el ámbito de lo público, la cosa es más complicada. Resulta que cualquier funcionario público que prometa resolver algún problema de esos que sólo se resuelven con la intervención de trámites, papeleos y billetes de por medio, no necesariamente sabe qué pasará con las acciones de sus subordinados (¿lo obedecerán?) o de sus superiores (¿lo escucharán y cumplirán sus obligaciones normativas?). Ni tampoco el plomero sabe si la ferretería estará abierta para conseguir el material que dijo que serviría para resolver la fuga de agua que tenemos en mitad de la sala de nuestra casa; ni siquiera el que repara las llantas está seguro de que habrá electricidad para echar a andar la compresora de aire, así que también puede incumplir su promesa de resolver el problema de una llanta baja con la misma rapidez al usar una bomba de mano. Es más: ni siquiera el pastor puede prometer a su grey la salvación, pues no conoce la cantidad de cochambre de las almas de cada uno de ellos, ni tampoco conoce con exactitud (a pesar de los siglos de controversias doctrinales y de conflictos inter-religiosos) los criterios por los cuales los dioses decidan preservar (y en dónde) los espíritus de los creyentes o de los infieles.
Hacer una cita con alguien conlleva una promesa implícita, que, en términos explícitos debería rezar más o menos así: “te prometo que estaré presente en determinado lugar, a determinada hora de determinada fecha”. A veces la promesa debería extender algunas de sus condiciones y la gente añade lindezas como “con la tarea hecha y corregida”, o “con el mismo y más amor que el te profesaba ayer”, o “con el mismo deseo y lujuria por tu hermoso cuerpo y sonrisa como la que te mostré en la más reciente ocasión”, o “con la inteligencia y buen humor que siempre me caracterizan”, o “tan informado y dispuesto a trabajar como siempre lo he hecho”.
Pero, como ya dije, normalmente la gente se queda con establecer la cita con unas cuantas coordenadas explícitas y deja las demás condiciones en el campo de lo implícito. Así que las condiciones externas y fuera del control de la persona, rara vez se expresan más allá de una generalizadora y ambigua condición como “si Dios quiere”.
De tal modo, recuerdo que mi padre solía comentarles a sus pacientes que veía en perfectas condiciones de salud: “está usted muy bien, regrese dentro de veinte años”. Y, veinte años después, algunos de esos pacientes volvían a cumplir puntualmente la cita que el médico les había dado en la misma fecha de dos décadas atrás, por la tarde. Mi padre estableció varias de esas citas durante su vida profesional y rara vez fallaban los pacientes, a menos que el padecimiento no fuera como para aguantar vivos los siguientes veinte años. Seguramente algunos de los pacientes que él citó están cayendo en la cuenta de que su médico ya no podrá cumplirles su promesa y no estará presente en la cita en la que prometió estar presente. Lo bueno es que también él solía añadir, tras una pausa que parecía ser la definitiva tras la despedida: “si Dios quiere…”.
Recordemos que ni siquiera las compañías aseguradoras te garantizan que seguirás viviendo, sino sólo dan la garantía de que si te mueres y además lo haces bajo las condiciones estipuladas, ellos prometen cumplir con el pago de determinadas cantidades a los deudos, pero sólo en el caso de que estos (y no otros no especificados por escrito) sigan existiendo. Todo claro.
En estos tiempos que en nuestro país son pre-electorales, solemos encontrarnos con una gran cantidad de promesas de los candidatos a diversos puestos en diversos ámbitos de los poderes legislativo y ejecutivo. Una de las debilidades que suele señalar mi inteligente esposa a esas promesas es la de que no dicen cómo van a lograr lo que prometen, ni de dónde van a sacar los recursos esos políticos para cumplir aquellas promesas. Aun suponiendo que tus amigos, tu pareja, los candidatos del partido y orientación política y económica de tu preferencia pudieran cumplir sus promesas, queda la inquietud de si, verbales o por escrito estarán en condiciones de cumplirlas. Recuerda, también que ellos están esperando llegar a esos puestos desde los que supuestamente cumplirán lo que prometieron, en caso de que les des tu voto, es decir, “si los electores quieren”.
La pregunta que queda en el aire es: ¿cuántos enamorados, funcionarios, amigos o políticos conoces, que cumplan TODAS sus promesas y a los que nunca se les haya atravesado una marcha, unas curvas bien torneadas, un embotellamiento, una charla que se prolongue, una crisis financiera, algún calentamiento global, alguna oposición parlamentaria, algún recorte presupuestal, alguna tentación alternativa que les impide cumplir sus promesas?

martes, 29 de mayo de 2012

¿Profesionales de la arquitectura?

 Hace muchos años, descubrí, en una universidad ubicada en una ciudad lejana al rancho grande del que soy originario, que existía una carrera profesional dedicada a algo así como “arquitectura del paisaje”. Desde esa universidad es posible ver uno de las más bellas montañas de la región, sólo porque una de sus principales entradas para los peatones, sin rejas, sin acceso para vehículos de motor y que desemboca en una plaza, está orientada para que quien llegue a esa institución no sólo pueda ver la biblioteca universitaria en cuanto entra, sino también la montaña en su camino de salida.
         Como en mi rancho grande no se estila que los edificios dejen ver detrás de ellos, hace ya mucho tiempo que nos hemos olvidado que el cerro de Tequila, ubicado apenas a 40kms del centro de Guadalajara (Jalisco, México), era visible desde la ciudad hace apenas una década. El cerro de Tequila no llega a las dimensiones y belleza del Popocatépetl, ni del Iztaccihúatl. Tampoco es comparable al Cerro de la Silla que se puede apreciar en la Sultana del Norte. Pero, ¿es acaso tan feo como para que los urbanistas y arquitectos de Guadalajara se hayan esforzado por ocultarlo poniendo edificios que son todavía más feos entre el habitante común de la ciudad y su imagen?
           Yo tengo la sospecha de que en realidad lo que pasa es que en Guadalajara no se han dado escuelas importantes de arquitectura. En este país es probable que ni siquiera  exista una asignatura que se relacione con “el paisaje” en el plan de estudios de arquitectos, urbanistas e ingenieros civiles. Seguramente no la hay en el plan de estudios de psicología y de sociología, a pesar de que haya quienes estudien los efectos psicológicos y sociales de las vistas esperpénticas.
En un artículo reciente, escrito por Arturo Ortiz Struck y publicado en la revista Nexos de abril del 2012 (http://www.nexos.com.mx/?P=leerarticulo&Article=2102642) con el título “Desde la arquitectura, la discriminación”, un profesional de la arquitectura critica el hecho de que incluso arquitectos que han recibido premios en su disciplina han reproducido la discriminación hacia las servidoras domésticas en sus diseños de residencias. Parecería que las mujeres que se encargan de la limpieza de las casas de los pudientes no deben y pueden tener vida sexual, ni familiar, ni siquiera derecho a un espacio de intimidad. En muchos casos, el “cuarto de servicio” es compartido por el lavadero, los instrumentos de limpieza y por quien se encarga de su empleo, sin que exista una mayor diferenciación entre los objetos y quien los pone en funciones. Y si las trabajadoras domésticas que se quedan a dormir en casa de los patrones, para estar prácticamente esclavizadas y a la mano, para servir día y noche, levantarse al alba y acostarse sabrá dios a qué horas, son discriminadas, explotadas y hacinadas, ¿por qué los demás espacios y profesiones dedicadas al servicio de los ricos tendrían que ser objeto de diseños y planes más dignos?
Mientras que los automóviles ocupan miles de metros cuadrados y lineales en calles, avenidas, estacionamientos, locales para su distribución y servicio, son los peatones y los otros medios de transporte los que sufren el mismo hacinamiento, estrechez y peligros que las trabajadoras domésticas. Que los autobuses no tengan espacios adecuados para subir y bajar pasaje es algo que no importa a los diseñadores de centros comerciales, calles, callejones y avenidas. Si a los autobuses se suben los simples peatones, que además se convierten en “pasajeros” en cuanto tocan el estribo que los conduce al atestado interior. Que los pasajeros no cuenten con un grado adecuado, ya no se diga cómo de visibilidad es algo acorde con la analogía de las trabajadoras domésticas. Si la casa está diseñada para que los dueños la disfruten, ¿por qué las trabajadoras domésticas habrían de contar con un espacio adecuado o una vista agradable? Igualmente, si la ciudad está diseñada para los ricos que pueden endeudarse y pagar vehículos particulares, ¿por qué los pasajeros de los autobuses urbanos habrían de ver hacia fuera, o esperar en estaciones dignas y seguras, a salvo del flujo de los veloces automóviles particulares?
Definitivamente, los arquitectos y demás profesionales del diseño urbano no están preparados para aceptar que los peatones, cuando van a pie y tienen que bajarse de las aceras porque algún automovilista invada la banqueta, tengan derecho a un espacio “peatonal” exclusivo. Los inversionistas son capaces de extender sus locales hacia fuera lo más posible para desquitar la inversión inmobiliaria y, al poner espacios de estacionamiento “olvidarse” de que los peatones tienen que pasar a pie por la acera que se ubica frente a sus locales.
Todavía menos probable es que las bicicletas, sillas de ruedas, ancianos que requieren de bastón, ciegos, débiles visuales, niños pre-escolares pasen a ocupar un espacio en las mentes de los arquitectos de mi rancho grande. Los usuarios de vehículos que no sean de motor a gasolina o a diesel no han sido objeto de asignatura alguna de sus planes de estudios. ¿Para qué asignar espacios para el estacionamiento de bicicletas, triciclos, monociclos, patines o patinetas frente a los negocios? A los arquitectos y a los inversionistas no se les ocurre que alguien pueda llegar a un edificio a realizar un trámite o a comprar algún objeto en cualquiera de esos vehículos. Si llega a pie, pues qué bueno, si llega en vehículo de motor, pues mejor, pues así aprovecha los cientos de metros dedicados al estacionamiento de un carro que, habitualmente es sub-utilizado pues siempre lleva un número de asientos superior al número de ocupantes. A diferencia de los autobuses, de mayor aprovechamiento económico, pues siempre lleva un número mayor de pasajeros que de asientos disponibles.
Claro que a los arquitectos los clientes no les piden que diseñen espacios para que los amigos de los dueños de casa puedan visitarlos en bicicleta. Ni siquiera hay espacios para que los dueños de las casas estacionen sus propias bicicletas. ¿Para qué, si para eso está el cuarto de servicio, en donde se pueden arrumbar por igual a las trabajadoras domésticas a las que se explota y a las bicicletas que no se usan? Claro que los arquitectos tampoco reciben solicitudes de los empresarios y desarrolladores de plazas comerciales, industriales o de los funcionarios encargados de la construcción, remodelación o mantenimiento de los edificios públicos para que asignen lugares para estaciones dignas para el transporte colectivo, ni se les pide que diseñen espacios de estacionamiento para los ciclistas y potenciales consumidores y usuarios de servicios.
             La máxima de “al cliente lo que pida” se aplica en el diseño de mayores espacios en el interior de los vehículos particulares, para que los dueños de esos vehículos automotores coman, beban, duerman, vean y escuchen con comodidad, mientras que los peatones y los usuarios de vehículos cuya huella de carbón es mínima, se sigan ciñendo a bajarse de las aceras, a amarrar la bicicleta a un bote de la basura (además, ubicado en un lugar fuera del alcance de quien necesita desechar algún objeto). Y se aplica también en el caso de los arquitectos: así como a la servidora doméstica no se le invita a las sesiones de planeación de la casa que ella se encargará de limpiar, a los peatones, ciclistas, usuarios del transporte público, ancianos y discapacitados no se les toma en cuenta para diseñar los espacios que habrán de utilizar sólo quien tenga el poder adquisitivo para comprar un vehículo de motor y llenarle el tanque con líquidos que luego transformará en gases fétidos parta distribuirlos por donde mejor le plazca pasar y estacionarse.
¿Y por qué diablos a los arquitectos que diseñan remodelan, mantienen edificios y espacios públicos (oficinas de la burocracia, parques) y privados (pero de acceso público, como restaurantes, tiendas, bancos, supermercados) no se les ha ocurrido OFRECER a sus clientes un uso más eficiente del espacio? Es triste de qué manera, como señala Eduardo Galeano en Patas arriba (una recensión aquí: http://www.aloj.us.es/vmanzano/docencia/movsoc/resumen/galeano.pdf), cada vez más los arquitectos latinoamericanos asumen como parte del diseño de sus edificios los enrejados para que los ocupantes de las casas estén enjaulados en los espacios en que deberían sentirse más libres y a sus anchas.
¿Será tan sólo culpa de aquellos arquitectos que no saben andar en bicicleta, ni caminar por las acercas, que el dinero se nos vaya en asfaltar los caminos para que los llenen de baches los vehículos de motor? ¿Será culpa de los clientes de los arquitectos que no saben que es más barato y sano dedicar espacio y tiempo a caminar y a bicicletear y por eso no les piden espacios ad hoc?  ¿De quién es la culpa de que en América latina usemos tanto metal en enjaularnos dentro de nuestras casas y lugares de trabajo en vez de utilizarlo en diseñar espacios escultóricos y más bicicletas y estaciones para éstas y los usuarios del transporte público? ¿De quién es la culpa de que dediquemos tanto tiempo y espacio, tanto metal, vidrio, plásticos y telas en el diseño de vehículos particulares mientras dejamos de lado el diseño y equipamiento de las unidades de transporte público y en el diseño y mantenimiento de nuestros espacios de convivencia?
¿Será que en estos ranchos grandes, en los que nos ocupamos de los baches pero no de las aceras, de los estacionamientos, pero no de las estaciones, de las rejas, pero no de los diseños, los arquitectos jamás aprendieron a pensar en el paisaje más allá de sus narices? ¿Tienes alguna solución? ¿Nos deshacemos de los arquitectos o nos deshacemos de sus clientes? ¿O será más fácil simplemente negar la existencia de peatones, ciclistas, discapacitados, niños, ancianos y usuarios del transporte público, como hemos hecho hasta el momento?

domingo, 27 de mayo de 2012

Religiosidad popular e institucional, aproximaciones a una distinción

La presentación en PPT está aquí:
http://www.slideshare.net/rodolfomoran/una-sutil-distincin-religin-popular-e-institucional


2do. Coloquio Internacional Dr. Manuel Rodríguez Lapuente 'Cultura, región y sociedad' División de Estudios de la Cultura y División de Estudios Jurídicos, U. de G.
Del 22 al 25 de mayo. Auditorio Valentín Gómez Farías, SEMS

Una sutil distinción: religión popular y religión institucional.
El problema de la demarcación trasplantado

Dr. Luis Rodolfo Morán Quiroz rmoranq@gmail.com
Departamento de Sociología, Universidad de Guadalajara.

Prolegómeno.-
Los traductores del filósofo de la ciencia Karl Popper (1902-1994) han insistido en el término “demarcación” (señalar los límites o confines) y en el “problema de la demarcación” para definir los límites o fronteras entre ciencia y pseudociencia, entre ciencia y religión y entre lo que es conocimiento científico y el no científico[1]. Algunos interpretan este problema de límites también como uno que plantea la necesidad de definir cuál de entre un par o conjunto de teorías es “la más científica”. En las líneas que siguen, planteo nuevamente este problema de límites, aunque dentro de un campo que, sin pretenderse científico, sí se enmarca dentro de los alcances de la racionalidad y del conocimiento. La discusión popperiana incluye, de hecho, vertientes en cuanto a la posibilidad de que haya conocimientos “científicos” y conocimientos “religiosos”. Es decir, esta discusión de la demarcación entre lo que es y lo que no es ciencia reconoce la posibilidad de la “iluminación religiosa” o de una intuición instantánea que no requiere del método científico para llegar al conocimiento.
El problema que nos ocupa aquí, entonces, es uno aparentemente muy sencillo: el problema, transplantado al campo de la religión, de la demarcación entre lo que es religiosidad popular y lo que es religión institucional. En realidad, la sencillez del problema es sólo aparente, pues la religión, como campo en el que se reconoce la posibilidad de fenómenos que se dan a partir de poderes que sobrepasan la lógica de las leyes físicas y biológicas, tiene componentes fuertemente racionales (argumentativos del tipo: “si este fenómeno sobrenatural es posible, entonces lo es esto otro, que es resultado de lo primero”), y fuertes componentes emotivos. Ello no excluye la posibilidad de que haya “demostraciones científicas” de relaciones entre hechos sociales y actuaciones infrecuentes como las que se relatan en los pasajes bíblicos que hablan de milagros, tema al que paso en el siguiente apartado.

Una primera aproximación: los poderes divinos ya no requieren mostrarse.-
Las instituciones religiosas, en especial la iglesia católica, han insistido en que han sido las manifestaciones de lo divino, y no las interpretaciones sociales del hecho religioso, las que han cambiado en el tiempo. En esa tradición, entonces, dios requirió en momentos del pasado, manifestarse a través de milagros, fenómenos relativamente inexplicables a no ser por la intervención divina, y llegó un momento en que ya no se requirieron los milagros. De tal modo, habría algún momento en que dios había sido ya tan convincente (de su existencia, de sus poderes, de sus alcances) que deja de obrar milagros…según la interpretación de algunos líderes religiosos, lo que hace que desde la iglesia se cuestionen las afirmaciones de los creyentes (demasiado crédulos) acerca de las manifestaciones divinas. Según esta aproximación, serían los pastores/sacerdotes los encargados de definir lo que es “institucional” en el sentido de distinguir entre lo que es una “verdadera manifestación” divina y una mera “superstición popular”. De tal modo, la definición de las manifestaciones del “único” dios se convierte en materia de los agentes de una institución, lo que parece no reconocer la posibilidad de que ese único dios se comunique/manifieste directamente con los creyentes que no han pasado por los rituales de formación que dicta la institución. Lo que me lleva a plantear una segunda aproximación, la de una doctrina o catecismo.

Una segunda aproximación: la religión incluye a quienes se han formado en ella.- Pero no incluye de entrada a los simples legos (laicos), sino hasta que se educan en la fe. Lo que implicaría que la religión institucional se limita a la acción ritual y a la instrucción formal en ella, pero los creyentes-ignorantes de los mecanismos de comunicación con los poderes divinos, no pueden sino expresar su fe de manera balbuceante e incierta. De tal modo, esta segunda aproximación a la demarcación entre religión oficial y religiosidad popular señala: todo aquello que implique estudio de las escrituras y de los rituales con los que se reviven los hechos históricos sociales de manifestación de lo divino debe ser sancionado institucionalmente (o, al menos haber sido tan sistemático y siguiendo una secuencia, que se considere que sigue las “formas”) y las manifestaciones populares carecen de esta formalidad ritual y del vínculo entre el estudio racional y la hermenéutica que subyace al acto ritual. De tal modo, la religiosidad popular, a pesar de que a los laicos pudiera parecerles llena de certezas, estaría en el terreno de lo impreciso, indeterminado, incierto, en buena parte por carecer del “sentido” que vincula al ritual con el hecho histórico y simbólico religioso con el que está ligado, lo que sí es claro, por contraste, en la visión de los clérigos y estudiosos de las escrituras y las manifestaciones divinas.

Una tercera aproximación: lo público y lo privado.-
En esta aproximación, las expresiones populares se darían en el ámbito de lo que se expresa fuera del templo pero a la vez tenderían a llevar a la esfera de lo íntimo las creencias y prácticas que no han sido sancionadas por los pastores y los sabios expertos de la iglesia. Esta aproximación se acerca a la noción de lo escrito (y las escrituras y palabra sagradas) contra la noción de lo tradicional en el sentido de que la religión oficial se encuentra dentro de determinados límites de la expresión pública que van desde lo social y la creencia compartida en pequeños círculos de iglesia-comunidad hasta las grandes colectividades de creyentes. Lo popular quedaría comprendido hacia ambos márgenes de esta delimitación social: las creencias sancionadas por la doctrina se expresarían en rituales y textos cuyos márgenes estarían acotados, mientras que lo popular tendería a sobrepasar estos límites y exceder los alcances de lo oficial. No todo lo popular queda, en esta aproximación, fuera de los márgenes de lo oficial, pero sí tendería a extraviarse en la intimidad de la interpretación y el cuestionamiento individuales o en la multitudinaria expresión devocional poco conciente de los márgenes internos-externos de la ortodoxia.

Una cuarta aproximación: lo social y normal histórico.-
La cosa sería muy fácil si a los fenómenos que designamos con nuestras categorías y conceptos no les diera por cambiar. Una importante dualidad de procesos complica aun más la demarcación que ha ocupado tanto tiempo y ha requerido tanto espacio de las bibliotecas especializadas. Esta dualidad incluye un proceso de “institucionalización” de las devociones, las imágenes, los rituales, las historias, los documentos, los testimonios. En este proceso, en el caso específico del catolicismo, se inscribe también la canonización de los santos y beatos, que implica el reconocimiento oficial – institucional – de las vidas de ejemplar santidad. El otro proceso de esta dualidad es el de “popularización”, que incluye el que los creyentes saquen a las calles y sitios de devoción lo que estaba únicamente en los textos y en la parte de adentro de las cabezas de los pastores y teólogos.
Esta doble “puesta al día” de las prácticas populares de parte de la iglesia y de las teorías teológicas de parte del vulgo, conlleva la necesidad de reconocer que la distinción entre lo popular y lo institucional es histórica: lo que en un determinado momento no ha sido reconocido por la iglesia puede llegar a serlo, y lo que en determinadas épocas no ha sido practicado por los fieles de a pie descalzo, puede comenzar a forma parte de sus expresiones de fe. Inversamente, lo que en algunos momentos ha sido aceptado por las instituciones y sus consejos de pastores puede llegar a ser rechazado como contrario a la doctrina, así como algunas de las devociones pueden llegar a arrumbarse en las naves de los templos, en sacristías y bibliotecas después de haber pasado por el lucimiento de sus esplendores en las calles y plazas.

Una quinta aproximación: lo social normativo fuera del tiempo.-
Sin importar en qué momento histórico, señala esta aproximación, la distinción entre la religiosidad popular y la religión institucional se basa en criterios que no dependen de la época, sino de los límites de la institución. Según esta aproximación, cada una de las instituciones religiosas establecería, de una manera que no depende de los vaivenes del Zeitgeist, los límites entre el espíritu popular y el alma de la doctrina oficial. Las expresiones populares serían sensibles y contiguas a las oscilaciones de la moda pero el límite con lo oficial quedaría trazado en una ortodoxia y en una doctrina invariable por haber sido dictada por el logos divino. Esta noción de una ortodoxia invariable se ve cuestionada en algunos momentos históricos como cuando aparecen las “nuevas ediciones”, corregidas y aumentadas de la Biblia, que nos hacen dudar de que la gramática y los términos de los textos divinos hayan sido adecuadamente recogidos y traducidos en el pasado.
La visión según la cual lo religioso popular implica la expresión afectiva-emotiva-plañidera-cantadora mientras que lo religioso oficial abarca la formulación intelectual-formal-analítica del conocimiento del más allá, sería un ejemplo de esta quita aproximación. Para ella, las leyes de lo divino, de lo natural y de lo humano serían inmutables y serían simples datos inamovibles que harían más fácil distinguir entre lo oficial y lo popular y, de paso, entre lo herético y heterodoxo y lo ortodoxo y sancionado por dios (o por los dioses).

Algunos ejemplos de religiosidad popular y de religión institucional.-
Las cinco aproximaciones mencionadas en las líneas precedentes podrían quizá plantearse sin mayor recurso a los hechos empíricos y a la historia. De hecho, son aproximaciones tan abstractas que alguien podría formularlas sin necesidad de ver lo que ha sucedido en la historia y en distintas sociedades. Sin embargo, mi exposición en realidad parte de mi (limitada) observación de la realidad empírica, aderezada con los contrastes entre algunas visiones de instituciones realmente existentes.
Valdría la pena mencionar algunos ejemplos, que se desprenden principalmente del ámbito del catolicismo, pero que definitivamente pueden contrastarse con las expresiones populares en otras iglesias cristianas y quizá con las expresiones permitidas o prohibidas en otros ámbitos religiosos, institucionales y no. Una de los primeras instancias de delimitación entre lo popular y lo institucional es el de los santos como mediadores entre lo divino y lo humano. Para algunas iglesias, en especial las iglesias evangélicas y la insistencia en la comunicación directa con dios controla relativamente los afanes “popularizadores” de las vidas de santos milagrosos y conminan a la “vida santa” de los creyentes en Cristo. No obstante, el hecho de que exista un registro o canon de los santos en la iglesia católica conlleva la posibilidad de que las imágenes de santidad sean vistas por los creyentes como “especialmente milagrosas” no necesariamente vinculadas con la vida del santo cuya efigie se representa en santuarios y templos, sino que son las representaciones específicas las que se dotan de “milagrosidad” especializada.

Otro ejemplo, reciente si consideramos que data apenas de la época del Papa Karol Józef Wojtyła (1920-2005), lo constituye la manera en que prácticas previamente prohibidas, que se daban sólo en el ámbito de lo popular como el culto a la misericordia divina, devienen institucionales y son admitidas e incluso recomendadas cuando se reconoce a la promotora de este tipo de devoción, a María Faustina Kowalska (1905-1938), originaria de Cracovia al igual que Juan Pablo II, como santa digna de entrar en el canon. Las similitudes con otras prácticas populares no reconocidas por la iglesia (o las iglesias), como el culto a la santa muerte o a imágenes con mayor verosimilitud histórica como Jesús Malverde, hacen pensar en la posibilidad de que los límites entre lo popular y lo institucional sean violentados precisamente desde dentro de las iglesias para incluir devociones antes consideradas “absurdas”.

Las prácticas de automutilación son un ejemplo de esta ambigüedad: es permitido el silicio para los miembros oficialmente formados dentro de la institución católica, pero el sufrimiento auto-inflingido es visto como una práctica popular no aceptada por la iglesia cuando se expresa en peregrinaciones, mandas y otras formas penitenciales no impuestas por los “expertos de la iglesia”.


Epílogo.-
La mediación de santos, pastores, guías, libros o confesiones, no es la más ortodoxa de las prácticas vinculada con la religiosidad popular. De hecho, la religiosidad popular es precisamente el punto de partida para que la heterodoxia comience a colarse en la institución y en la religión institucionalizada. La doctrina oficial se ve vulnerada gracias a la creatividad y la terquedad popular, al tiempo que los arrestos, arrebatos y entusiasmos populares deben pasar por el tamiz de la reflexión pausada y el análisis de los expertos de las instituciones antes de pasar a formar parte de la religión institucional.
El transplantado problema de la demarcación que aquí planteo está todavía lejos de ser resuelto en cuanto a los criterios para distinguir, dentro del campo de lo religioso, lo que es popular frente a lo que es oficial. Me inclino incluso a pensar que este aparente problema es en realidad una aporía pues parece problema resoluble, pero a todas luces las soluciones que se le han dado son parciales y jamás serán definitivas dada la tensión entre las modas devocionales y las intenciones de control de lo que se debe o puede creer, la manera en que se de ha de constituir el ritual para expresarlo y los textos que los sancionan; estas intenciones, generadas desde dentro de las formas cristalizadas de la religión, se contraponen a la constante rebeldía del que cree en la hierofanía que se inserta en la vida cotidiana.

Notas.-


[1] De hecho, Popper utiliza las expresiones Abgrenzungsproblem y Demarkationsproblem. La primera expresión, emparentada con el término Grenz (frontera) resulta relativamente clara y directa. La traducción de la segunda al español, más cercana y literal, en realidad está emparentada además con el verbo merken (notar) que remite además a una noción epistemológica en el idioma del vienés Popper, la de “etwas zur Kenntnis nehmen” (tomar algo en cuenta o, menos literalmente, hacerlo parte del conocimiento).

martes, 22 de mayo de 2012

Ni te quejes


Hace unos diez años, aproximadamente por estas fechas, mi amigo Alfonso, al que en sus años mozos apodábamos “Concho” en vez de “Poncho”, como suele hacerse con los que llevan el nombre del rey sabio, se quejaba de que yo no lo había invitado a mi festejo de cumpleaños. Para mí, su apodo había sido indicador, durante todos esos años de conocerlo y de saber y ampliar su fama de conchudo, de que no necesitaría invitación en cuanto se enterara de que habría fiesta, comida y beberecua. Así que me extrañó su queja y aproveché para preguntarle por la fecha de su cumpleaños. Más sentimiento le dio que yo no la supiera, si él sabía la fecha de mi nacimiento gracias a que él había estado en varios festejos previos de mi gloriosa, humilde y modesta llegada a este planeta. Así que le dije que en esos casos, hay que hacer propaganda e invitar a los cuates a celebrar. “Entonces, ¿no me has invitado porque no soy tu cuate? A ver…” El sentido de mi sugerencia no era para remachar mi falta de atención al invitarlo, sino para recordarle que, desde hace varios años, una vez que me di cuenta de que me encanta celebrar mi cumpleaños y hasta hablo por teléfono a mi madre (y, hasta el año pasado, a mi padre, al que todavía felicito, aunque ya sólo en espíritu) para congratularlos por tan alegre acontecimiento en sus vidas, soy yo el encargado de decirles a los cuates que estoy por iniciar otro ciclo de 365 días (o de 366, según sea el caso).
Quizá no debí asumir que la conchudez que yo atribuía a mi amigo se extendería desde sus años de adolescencia hasta su edad adulta. Ya sabía yo que él no tenía grandes dificultades para aceptar invitaciones y hasta había sido testigo de que a veces él mismo cumplía ese trámite y se hacía invitar o directamente se auto-invitaba a las celebraciones de sus amigos. Así que a partir de esa ocasión renové la enjundia que he puesto en avisar a mis amigos, parientes, colegas, estudiantes, vecinos, conocidos y uno que otro transeúnte, sobre mi cumpleaños el 31 de mayo. Con el paso de los años, tras haber aprendido que algunos de mis amigos no necesariamente son amigos entre sí e incluso hay quienes son enemigos (a veces por mi culpa, pero a veces ya desde antes), he aprendido que no siempre se les puede hacer coincidir en el mismo tiempo y espacio. Quizá el divorcio de mis padres hace ya muchos años ayudó a establecer ese conocimiento y a la vez las condiciones, pues tenía que celebrar el cumpleaños con la una y luego con el otro. Y además escuchar, de parte de mi madre, una vez más la historia de que mi padre no había estado presente en el famoso y prestigiado hospital sobre la calle Colomos (en Guadalajara) el día en que yo nací y que peleó con la mitad de personal para que le creyeran que el chamaco (tan bonito, sano e inteligente) estaba ya asomando la cabeza. La costumbre de asomar la cabeza en donde soy invitado y a veces en donde no, tampoco la he perdido, pero sospecho que por eso he sido tan ecuánime y poco acelerado en la vida, para compensar el atropellado pleito protagonizado por mi madre esa tarde y que desembocó en su segundo parto y su primer hijo (el primer parto desembocó en su única hija). Así que, una vez celebrado mi cumpleaños con mi madre, iba y lo festejaba, ese día o al siguiente, con mi padre, en cuya casa las historias casi siempre eran diferentes y cuando él repetía alguna solía rematar: “¿ya te lo había contado? Pero no con tanto detalle”.
La celebración de mi cumpleaños con mi padre solía ser un poquito más multitudinaria que en la casa  materna y a ella asistían unas cuantas decenas de mis amigos. Mientras que mi madre suele expresar una cierta ansiedad por el “qué dirán” acerca de su casa y de la organización festiva, mi padre parecía estar ansioso por saber qué contarían los amigos en esta nueva celebración; así que el contraste entre ambos contextos se fue acentuando y la asistencia se concentró más en el espacio paterno que en el materno.
Con el paso de los años, mi amigo Alfonso ha decidido, en consonancia con su escasa publicidad por la fecha de su cumpleaños, que en realidad no es algo para celebrarse. Pasaditos los treinta, como estamos él y yo, y varios más de nuestros compañeros de la preparatoria, yo opino que es al contrario: cada año que pasa se reduce el número de oportunidades para reunirse con los amigos, en parte no sólo porque nos quedan menos días y años de vida, sino porque incluso el número y la asistencia de los amigos se reduce por culpa de los procesos biológicos: algunos se convierten en materia orgánica que reinicia un ciclo de re-encarnación (o de re-vegetalización) y otros dejan de tener movilidad y comienzan a considerar que la fiesta “es muy lejos” o “es muy tarde”, a veces tanto como después de las nueve de la noche.
Gracias a que mi padre nació un 25 de agosto, heredé el nombre de Luis, en vez de que me bautizaran Pedro, en consonancia con la principal santa del 31 de mayo. Mucho menos consideraron mis progenitores las posibilidades de Silvio, Nicolás, Noé, Jacobo o Félix. Para mi fortuna, y en consonancia con una de mis principales fobias, el día de mi cumpleaños se celebra además “el día mundial sin tabaco”. Claro que, pasados los años, de proponer una celebración vespertina, ésta pasó a nocturna (multitudinaria o no) y luego la extendí a novena, con el pretexto de que no siempre mis amigos quieren verse entre sí aunque yo suelo estar dispuesto a verlos y platicarles, a casi todos, la mayor parte del tiempo. Ahora, con las redes sociales y ahora que ya me acercó más a una edad “pasadita los cuarenta” estoy considerando extender la celebración siquiera a un par de novenarios, uno antes y otro después de “la mera fecha”.
Esta fecha, en la que nacieron personajes como Walt Whitman, Brooke Shields, Achille Damiano Ambrogio Ratti (Pío XI), Clint Eastwood, Pilar Montenegro y Margarita de Medici, es objeto de mi propia campaña publicitaria entre el conjunto de mis parientes, amigos y conocidos (que yo ambicionara tan nutrido como el correspondiente a “Conejo”, el personaje de Winnie the Pooh). No vaya a ser que luego me dé por quejarme porque ellos no me inviten a sus cumpleaños y otras ocasiones festivas o luctuosas. Mejor les hago saber, cada vez que me sea posible, desde que faltan diez días para el 31 de mayo y luego, cuando apenas estamos en los diez días posteriores. No importa que haya multitudes o que las festividades incluyan apenas a unos cuantos, la celebración personal y social de la vida en este planeta suele ser bastante divertida, ya sea que se conmemore el inicio de la existencia propia o de la ajena. No te quejes si la gente no te invita, si por tu parte te has olvidado de visitarla y celebrar con ella, o si te da por quejarte o sentirte en la decrepitud cuando se trata de tus ocasiones de festejo o de los momentos en que necesitas apoyo en los tránsitos difíciles. Como el de pasar de estudiante a desempleado, por ejemplo, o de ser un viejo mayor de treinta años a ser un  jovencito de cincuenta.






viernes, 18 de mayo de 2012

La ley de Haddow y los faits accomplis en la academia


La ley de Haddow y los faits accomplis en la academia

Ningún administrador de la ciencia debe perder de vista la ley de Haddow:
la labor del administrador es recabar dinero, y la del científico es gastarlo.
Peter B. Medawar (2011:83)



El obituario escrito por E. Boyland y R. J. C. Harris al año siguiente de la muerte de Sir Alexander Haddow (1907-1976), Director del Chester Beatty Research Institute para combatir el cáncer, en Inglaterra, detalla: He once queried the right of a finance committee to make judgments on research policy: “Your function”, he said, “is to find the money; it is my function to spend it”. La prescripción quizá no viene al caso en la institución académica en la que los lectores realizaron sus estudios o, en el caso de que los lectores se dediquen a la academia, en la que trabajan. Probablemente como estudiantes o como profesores e investigadores han experimentado que los funcionarios de su universidad son extremadamente obedientes de la ley de Haddow y no aspiran sino a servir como buenos administradores. Probablemente la queja de que los administradores utilicen el dinero según su criterio, y no según las solicitudes y necesidades de la investigación científica esté fuera de lugar en la institución en la que estudian o trabajan los lectores de este comentario.
Esa posibilidad de que los administradores gasten el dinero y prefieran hacer que los investigadores lo gestionen está muy alejada de la realidad. ¿A quién se le ocurriría pedir que los académicos soliciten dinero a sus universidades únicamente después de haber asegurado los apoyos de fundaciones internacionales o de los consejos de ciencia de su país? Claro que a ningún administrador se le ocurriría eso. Los administradores de las universidades locales saben muy bien que no están ahí para recibir altos sueldos, ni para gastar el dinero a discreción en viajes, festivales y presentaciones suntuosas, sino para gestionar recursos para el avance del conocimiento y la formación de los futuros profesionistas. Ningún funcionario, conciente de que su función es gestionar y administrar, tiene un sueldo mayor que cualquier académico. Como administrador está conciente de que debe establecer los fondos para que se haga investigación dentro y fuera de los cubículos, que se deben comprar y producir materiales impresos y digitales, que deben gestionarse espacios para el diálogo y el intercambio de información, experiencias y estrategias de recopilación y análisis de la información.
¿A qué administrador se le ocurriría cerrar auditorios, aulas o laboratorios sólo porque existiera la posibilidad de que en ellos se reunieran los académicos para discutir asuntos relacionados con el funcionamiento de las instituciones académicas? ¿A qué funcionario se le ocurriría pensar que es el jefe de los académicos y que ellos deben obedecer sus órdenes, estando ya establecido que son los administradores quienes deben apoyar a las funciones sustantivas de la universidad? Claramente, en el contexto de quienes leen este texto, la probabilidad de que los funcionarios tengan guardaespaldas y se sienten en enormes oficinas con múltiples teléfonos y otras comodidades de la vida moderna, con gastos pagados a partir del presupuesto universitario, es bastante cercana a cero.
Concientes de que en las universidades de nuestra localidad, región y país los administradores conocen y aplican al dedillo la ley de Sir Alexander Haddow, incluso desde antes de que él la profiriera, podríamos pensar que ninguno de ellos aplica el razonamiento de los faits accomplis que se aplicó durante los inicios del colonialismo moderno (en la época de entreguerras). Según ese razonamiento de los “hechos consumados”, si las metrópolis ya habían convertido a determinados territorios en sus colonias, lo más lógico sería que se les protegiera. Los administradores de nuestras universidades jamás serían capaces de maquinar algo así como: “si ya gastamos el dinero para investigación en un festival que excluye a nuestros académicos, es fácil que lo volvamos a hacer. Y si el festival ya se hizo, es mejor no rendir cuentas de cuánto dinero y ni qué proporción de los fondos disponibles en la institución se gastaron en él”. Según este razonamiento, los administradores podrían anular proyectos, laboratorios, centros y pensar: “ya ni modo, ya se cerró y no volveremos a financiar algo para lo que se nos acabó el dinero. Ni que nuestro trabajo fuera gestionar que hubiera recursos y que hubiera académicos que impulsaran proyectos de investigación”. ¡Nuncamente de los jamases! Bien sabemos que los funcionarios de las universidades de nuestra localidad, región y país son disciplinados y además rinden cuentas de los destinos de cada uno de los centavos que gestionaron y luego entregaron a los académicos para que los gastaran con el propósito de hacer avanzar la ciencia y la formación de nuevos profesionales (algunos de los cuales serán, a su vez, académicos o administradores). Jamás se les ocurriría pensar que son ellos quienes deben evaluar si deben iniciar, continuar o suprimir proyectos y centros de investigación.
Por citar un ejemplo cercano de algo que jamás sucedería, que sería inconcebible e increíble, además de inaudito: jamás a algún funcionario se le ocurriría gastar el dinero en cambios cosméticos a los centros académicos en vez de privilegiar las intervenciones necesarias, ni propondría ante los consejos de centro y general de la universidad la desaparición de departamentos y centros académicos dedicados al estudio de la cultura regional o de la cinematografía. ¿No sería inconcebible que, ante la necesidad de conseguir recursos y personal, se dedicara a cerrar proyectos en vez de gestionar recursos y de consultar a los académicos para ver la manera, las metas y el ritmo en que se gastarán los dineros?
¿No sería imposible que los administradores, obedientes de las normatividades académicas y de la Ley de Haddow, desoyeran a académicos y estudiantes cuando estos plantearan proyectos, formas de actuación y acciones que implican el gasto de dinero de las instituciones académicas? Claro que todos los funcionarios de las universidades locales, regionales y nacionales se desvelan pensando en cómo hacer más eficiente el gasto, en vez de preocuparse por repetirse y eternizarse en el cargo. Lo que les interesa es servir a la institución académica, no el conservar sus sueldos y puestos y por ello consultan con regularidad a estudiantes, egresados, académicos y a quienes reciben los servicios de la institución académica por la que tanto se desvelan. 
Ninguno de los administradores de las instituciones académicas en la que has estudiado o en la que has trabajado como formador de profesionales o como investigador sería capaz de imponer su voluntad y gastar el dinero en lo que se le diera la gana en vez de encauzarlo a la formación y la investigación y la generación de conocimientos. ¿O sí? ¿Conoces alguno de estos rarísimos casos?


Nota. La referencia a la ley de Haddow aparece en: Medawar, Peter B. 2011. Consejos a un joven científico. Crítica. Barcelona. Traducción de Juan José Utrilla.

martes, 24 de abril de 2012

“¡Qué trabajos para morirse!”


“Ya llevo como diez especialistas: infectólogo, cardiólogo, nefrólogo, angiólogo, otorrinos… De esos llevo ya seis…”, comentaba mi padre en sus últimos días de vida. Él insistió mucho, desde aquellos años cuando yo lo acompañaba a pasar visita en los hospitales o en las casas de sus pacientes, en la importancia de que la gente muriera en su casa y en que el papel del médico era “ayudar a la gente a bien morir”, más que darle medicinas. Mi padre creía que el buen internista debía ser capaz de diagnosticar las enfermedades y estar al tanto de las condiciones de vida de la sociedad y de la epidemiología, pues eso ayudaba a ser más atinados en el diagnóstico clínico.
Recuerdo que cuando éramos niños decía que no le convenía que saliera mucho tiempo de vacaciones porque entonces sus pacientes se iban a dar cuenta de que no necesitaban de médico sino en realidad de alguien que los escuchara. Estaba conciente, además, de que muchos de ellos mejoraban con sólo ir a verlo y que no era tanto el tiempo que dedicara a “agarrar panzas” y percutir el hígado de cada paciente lo más terapéutico de la consulta, ni tampoco lo era el efecto de la medicina que les recetara, sino, en buena parte, “el chisme”. Fue a partir de él que aprendí que la gente tiene una necesidad de narrar que años más tarde los antropólogos de la medicina y de la salud resaltarían como parte importante de la llamada medicina humanista (en el sentido del “enfoque humanista” de la psicología, con Carl Rogers y otros seguidores). Con humor y cierto orgullo comentaba que “se curan con sólo ver al Dr. Morán”.
De los peligros de la hipertensión arterial nos advirtió a hijos y sobrinos, pues insistía en que tenía que ver con un “defecto de fábrica” que llevamos los miembros de la familia Morán. A pesar de su insistencia en que sus pacientes y sus familiares no tomáramos medicina en exceso, yo solía comentarle que su desayuno parecía de astronauta pues tomaba varias cápsulas y pastillas después de los alimentos sólidos de la mañana, entre ellas las destinadas a reducir la presión. En sus viajes a Lagos y a León y algunos otros fuera de Guadalajara, solía llevar una cajita con múltiples medicamentos y comentaba que tenía que tomar “como ochenta pastillas” antes de comenzar el día y otras tantas antes de dormir.
Aunque le encantaba charlar con sus colegas sobre casos clínicos y epidemiológicos, no le gustaba ir con los médicos como paciente y una de las razones que aducía para evitar esas visitas era que le iban a recetar “catorce cosas” y que, además, “¿quién va a saber más de medicina que el Dr. Morán?”. Que mejor él se recetaba solo. Algunas veces, ante sus negativas a ir a consulta, le insistí en que de esas catorce cosas, él tendría el conocimiento suficiente para saber cómo reducir esa cantidad y quedarse únicamente con siete de ellas. Supongo que de algún modo siempre estuvo haciendo cálculos químico-matemáticos cuando le recetaban determinados medicamentos.
Hace un par de años, cuando él todavía dirigía el Consejo de Trasplantes, le dijo a mi esposa, a la que conocí por él y quien en ese entonces era su colaboradora, acerca de su insuficiencia renal. “Y no me voy a dejar dializar”, enfatizó. La primera vez que fui a verlo a su casa después de esa noticia, acompañado de mi hijo menor, que comenzaba a caminar y a explorar el mundo, no pude hablar con él acerca de la insuficiencia pues se me arrasaban los ojos al intentar abordar el tema. Usé de pretexto el que mi hijo no dejaba de explorar su casa y que yo lo seguía por todas partes para retirarme a mi casa y seguir el llanto. Días más tarde me dijo, por teléfono, que “la insuficiencia es algo de esperarse en  un viejo de ochenta años. Ya mis riñones han funcionado mucho tiempo y han dado lo que podían dar, así que no se puede hacer mucho más. Ni diálisis ni trasplante”. 
El primero de junio de 2011, estando en su casa del fraccionamiento Paseos del Sol, se negó a que lo lleváramos al hospital y, en contra de sus indicaciones, le hablé a Juan José Morales, quien es mi amigo gracias a ser hijo de Alfonso Morales, uno de sus compañeros y amigos desde sus épocas en el Instituto de Ciencias y en la Facultad de Medicina. Juan José pidió que lleváramos a mi padre al hospital y mi padre se negó, así que salí de su casa y fui a trabajar. Minutos después, me habló Lourdes, su esposa, para decirme que iban saliendo al Hospital de la Trinidad. Juan José y yo llegamos, cada uno desde distintos puntos de  origen, llegamos al mismo tiempo al hospital. Lo encontramos en urgencias y ya con la bata de hospital. Al llevarlo, en la silla de ruedas y con ese atuendo, una de las monjas le preguntó: “¡Dr. Morán! ¿Qué anda haciendo por acá en silla de ruedas?” A pesar de estar casi en shock, le contestó: “¡me estoy muriendo! Por su culpa, porque ustedes no rezan bien”. Minutos después, efectivamente tuvo un infarto y su cardiólogo, Jesús Espinosa, no sólo llegó oportunamente, sino que actuó a tiempo para llevarlo a resucitación y a cuidados intensivos.
Del hospital de la Trinidad salió cinco días después, mismos que a él le parecieron años. Entre las alucinaciones que tuvo en esos días imaginaba que se trataba de una fiesta y a veces preguntaba, ante la visita de alguno de sus amigos o ex – alumnos: “¿quién invitó a (fulano) a la fiesta?” A veces decía que ya estaba cansado de ese experimento y que se quería ir a su casa. Cuando le preguntaban los residentes en dónde vivía, él contestaba “en Santa Anita” (y no en Paseos del Sol). Después de ese periodo en el hospital, ya nunca regresó a dar consulta. Sólo volvió a su consultorio, semanas después, para seleccionar los libros que se llevaría a su casa en “el latifundio” en Santa Anita. Ya en el último fin de semana de mayo de 2011, me había contado que la consulta del jueves anterior (26 de mayo), le había costado mucho trabajo moverse de su silla, detrás del escritorio, al sillón que tenía junto a la cama de exploración. “¡Y para levantar el estetoscopio!, ¡Y para percutir a los pacientes! Más parecía que el paciente era yo cuando les pedía que me ayudaran a pararme para volver al escritorio”.
Mi padre era miembro de un comité que en el 2013 organiza los festejos por el 450 aniversario de la fundación de Lagos de Moreno. Me comentó que habría una reunión de ese comité el 9 de marzo en la Casa de la Cultura de Lagos, pero que él no podría ir, y me pidió que fuera en su lugar. “¿Y qué les digo si me preguntan? Yo sólo sé que Lagos es el orgullo de la humanidad y el Dr. Morán es el orgullo de Lagos. ¿Les digo eso?”, le comenté, anticipando que mi papel no podría ser el mismo que él desempeñaría. Se me quedó viendo y dijo: “pues sí: tú habla bien de Lagos y de tu padre”. Así que fui a la reunión, que en realidad fue poco ritual y se enfocó a los aspectos prácticos de la celebración del aniversario. Volví con un breve reporte de lo sucedido en la reunión y con una lista de los nombres de quienes le mandaban saludos desde su ciudad natal.
El último mes de vida de mi padre, del 16 de marzo al 17 de abril, fue para él doloroso física y moralmente, pues se sentía, según su propia expresión: “totalmente desforzado”. Tuvo ingresos en el hospital en junio, octubre y diciembre del 2011 y solía decir que se había envejecido especialmente después de octubre. En octubre lo habíamos llevado a Puerta de Hierro-Sur un día húmedo y lluvioso y en un principio también se negó a ir diciendo: “ya me voy a morir aquí, ya ni vale la pena el viaje”. A pesar de ir recostado en el asiento de atrás de su camioneta entre Lourdes (su esposa) e Irene (mi esposa), mientras yo manejaba por el camino de terracería que hay entre el latifundio y el Camino Real de Colima, dijo, un poco con el humor de la abuela Mercedes: “¿Por qué tanto brinco? ¿Se necesita tanto brinco?”
A pesar de que en las últimas semanas de vida se sintió débil y adolorido de las rodillas, los brazos, la espalda, entre otras partes del cuerpo, comentó en algún momento: “estoy viejo pero todavía no me quiero morir”. Y, ya con los tapones en la nariz por el sangrado nasal que le comenzó desde el 15 de marzo, se quejaba de que no podía respirar por la boca. Cada mañana, al salir de su recámara, de la que insistía en que levantara su esposa y quienes estuviéramos en su casa, preguntaba la hora y pedía que paráramos frente al espejo “para ver cómo me veo”. A veces decía: “¡huy qué viejo me veo hoy!”. Pero también era frecuente que dijera: “¡Qué guapo!” y que se acomodara algún mechón de pelo que él consideraba fuera de su lugar. La mañana del martes 17 de abril, al salir, rumbo a que le pusieran un nuevo catéter en el Hospital Puerta de Hierro-Norte, comentó: “hoy me veo más joven que ayer”.
Hablé por teléfono con él, un rato más tarde, como a las 12:30, pues su esposa me dijo que él me esperaba en el hospital y me comunicó con él. Le expliqué que estaba revisando una tesis de una estudiante de El Colegio de Jalisco y que luego iría por sus nietos (mis hijos) a la escuela a las dos de la tarde. Le prometí ir a verlo después de comer. Me comentó: “pues aquí estoy otra vez. Para que veas qué influyente, con un cuarto más grande y más elegante”.
Su procedimiento comenzó a las tres de la tarde, así que lo visité cerca de las cinco. Lo saludé, me pidió que le hiciera masaje en el pie izquierdo, pero luego pidió que fuera Lourdes quien se lo hiciera. Entre ella y yo lo volteamos en la cama de hospital, una de esas camas de las que siempre se quejó y se quedó dormido plácidamente, por un periodo más largo de lo que había sido su costumbre en las últimas semanas. Un rato después regresé a mi casa. Mi hermana y mi sobrino estuvieron con él esa noche y lo acompañaron mientras él cenaba.
La siguiente vez que lo vi, ya no había más prisas por cambiarlo de posición, por ayudarle a cambiar de silla o de alguna silla a la cama. Sus parientes, sus pacientes, sus colegas, sus amigos, sus compañeros, nuestros familiares, nuestros estudiantes, nos han recordado una y otra vez que, aunque da mucho trabajo morirse, también es algo que nos sucederá a todos. Aun a los que han sido tan queridos como él…y a los que extrañaremos en tantos de nuestros actos cotidianos.