jueves, 22 de octubre de 2015

‘Ora sí que estamos pero réquete bien apuradísimos

‘Ora sí que estamos pero réquete bien apuradísimos

Pero rete harto muy apresurados. Cuánta presión por lograr un montón de cosas que prometimos cumplir al principio del año. La vida de nuestra ciudad, de nuestras instituciones, de nuestras familias, las vidas prsonales mismas, la profesión. Hasta el armario nos requieren.
Es una apuración y un apuramiento y una prisa y una urgencia totales. Ahora sí que deberemos movernos más rápido que en chinguiza. “Yo mejor me voy a mi pueblo”, decía aquella señora cuando se hizo el cambio de los miles de pesos a un peso por cada mil. Como que en la ciudad no entendía las implicaciones de esas transformaciones. Demasiados ceros eliminados de un solo jalón.
Es tanta nuestra angustia por las apuraciones de que tenemos que terminar todo rápido, que uno de mis amigos, en vez de responder a los requerimientos de sus profesores de que ya terminara la tsis, estando en su pueblo, mejor optó por irse al extranjero. A lo mejor allá, después de atravesar dos fronteras internacionales, entiende menos, pero lo presionan en un idioma del que puede alegar que no supo ni qué le dijeron.
En mi ciudad prometieron que hace tres años estarían listos un montón de obras públicas. Hubo algunas que sí terminaron antes de que renovaran al alcalde y todo el ayuntamiento. Fue tanta la apuración por terminar las obras a tiempo, que hasta dejaron mal hechos los fundamentos de un mercado que ahora no sabemos cuándo podrá comenzar a funcionar, ya entregado a la administración y poco antes de que se entregara a los comerciantes. Ahora tendrán que apurarse a reparar las calles del entorno del mercado, que dejaron todas cuatrapeadas, y además sacar agua y reforzar las estructuras desde abajo. No vaya a ser que el mercado se convierta en émulo de la torres gemelas y apachurre a sus propios ocupantes, siempre tan ocupados y apurados.
Por esas prisas que nos acicatean en toda la región, las autordades locales están construyendo, con pausas y sin prisas, una línea de tren por donde debió construirse hace cincuenta años. Les ha apurado tanto los últimos veinte años que al fin ya consiguieron los dineros para que los trabajadores se ocupen del asunto ocho horas diarias (y no 24 por siete días) que coinciden con las horas de trabajo y de traslado de casi toda la población del pueblo.
Y la apuración destructora ha sido tal que ahora ya no encontrarán empresarios que quieran instalarse en la zona a recibir a los escasos pasajeros que llegarán al centro de la ciudad y a sus dos extremos, para trabajar o para llegar a sus hogares. Es decir, los hogares y negocios que que queden en pie después de que se conviertan en un desierto el centro de la metrópoli, gracias a tan apresuradas obras que han tenido el efecto de reducir la movilidad en aras de tener un tren rapidísimo.
En la escuela en la que trabajo, ya hasta nos dijo nuestro jefe que si no hacemos pronto lo que nos encargó, y que realmente no nos interesa hacer, hay otro equipo que está dispuestísimo a realizar esas tareas. Nuestra respuesta en el sentido de que la ayuda sería bienvenida como que no le gustó tanto y ni siquiera ha invitado a ese equipo que está super dispuesto a hacer, rápido y bien y con todas las exactitudes y requerimientos del caso, algo a lo que los del equipo en el que estoy metido no nos acaba de atraer como proyecto a realizar además de las otras cosas por las que estamos bregando. Pues a ver ahora que comience a darnos un poco de comezón cerca del ombligo, a ver si convencemos a los interesados y que le encuentran sentido a esos deberes de la apuración, de que era necesaria su presencia, sugerida unos cuantos meses (o años) atrás.
De los diez kilos que, al igual que muchos otros en enero de este año, me propuse bajar de mi propias carnes y hueso, ahora tengo la apuración de que el año ya casi se acaba y ya son sólo unos quince los que debo bajar en los setenta días que le quedan al 2015. Bueno, pero quizá para el fin del sexenio, que también está por terminar, pueda cumplir con ése y otros asuntos personales y de salud que son tan urgentes que ni tiempo he tenido para resolver.
Como ya tenemos todas las presiones encima, y los asuntos pendientes como si fueran espada de Damocles, estamos rete angustiados y no sabemos qué hacer para resolver, rápido y con exactitud, el problema de los embotellamientos de automsimos por resolver ese asuntoe autome engomado que certifique que humo no echa. Ha de ser puro vapor de agua lo que sale de los óviles. Para que más nos guste, ahora las autoridades de movilidade mi pueblito zapopano-tapatío están deteniendo a los vehículos en las avenidas para ver si traen comrpobante de que no contaminan. Con las lecciones de la tecnología de la Volkswagen y sus motores diesel, que fueron un escándalo mundial, esperamos que los mecánicos locales encuentren formas de sacar pronto de la circulación a nuestror vehículos contaminantes…para volver a meterlos a la lenta circulación de nuestra ciudad con un reluciente engomado que certifique que humo no echa. Ha de ser puro vapor de agua lo que sale de los escapes de los dos millones de automóviles de la metrópoli.
Estamos rete apuradísimos por resolver ese asunto ahora que en mi pueblo no dejan que los automóviles estorben y contaminen a sus anchas mientras se estacionan o circulan (que es casi lo mismo que estacionar) por las avenidas de nuestra ciudad. Nos van a multar si no nos apuramos a certificar que nuestros vehículos son veloces, aunque no se pueda ver y que no echan humo, aunque ése parece que sí se ve.
Los estudiantes de mi escuela están rete apurados por entregar sus trabajos para los próximos coloquios y para el próximo fin de semestre: tiene que ser pronto para que los apurados lectores o directores de las tesis o los profesores de las asignaturas nos apresuremos a calificar, a vuelo de pájaro de jet supersónico, los galimatías, los errores y los aciertos de tan impuntuales aprendices.  
Como también la gente (docentes, profesores-investigadores, intelectuales y autores en general) está apurada por entregar sus originales para que se publiquen antes de la Feria Intrnacional del Libro (que es una feria de pueblo que carece de librerías y de contacto con el mundo) o por preparar sus peroratas que expondrán (o expondremos) durante la mencionada feria de pueblo, pero sin juegos mecánicos ni exposición ganadera, pues tampoco estamos para recibir con buen humor los textos y requerimientos de los angustiados estudiantes que tienen que hacer todo más rápido que el conejo blanco de Carroll.
Lo bueno es que, en un par de días más, será ya el cambio al horario de invierno. Lo que nos dará al menos una hora diaria más para dormir o para mortificarnos por las prisas. Más o menos como de aquí a abril del año próximo.
Es notable que casi todos esos que dicen que nos apuremos andan en carro y llegan siempre tarde por culpa del tráfico (o falta de circulación de éste). Ha de ser que no se apuran lo suficiente en sus preparativos para salir o en la programación de sus citas o en el desahogo de sus asuntos públicos y privados.
Es tanta la apuración que lo que deberemos hacer es, quizá, esperar sentados mientras tomamos un café, a que llegue la ayuda de “los interesados”.


miércoles, 14 de octubre de 2015

Concentrados en una ciudad dispersa

En vez de fundar varios pueblos, hemos generado suburbios que se desperdigan junto a un centro único. Sin barrios, con centros comerciales. Sin vida vecinal y con muchas vías rápidas que dividen a la ciudad en distintos territorios que son inhóspitos para los que vienen de otras zonas de la ciudad. Con muchos suburbios en los cuales hay cotos, calles llenas de asfalto y baches, además de escasas áreas verdes. Con problemas para llevar el agua y para recoger la basura. Con muchas gasolineras y distribuidoras de automóviles, pero escasas rutas y paradas de transporte colectivo.

En nuestra concentrada y desperdigada ciudad hemos optado por hacer del carro particular un protagonista cotidiano en nuestras vidas y un dictador en el uso de nuestro espacio, nuestro tiempo, nuestro dinero. Le dejamos espacio junto a nuestras casas, en buena parte de las calles, sobre las banquetas y en los estacionamientos; le dedicamos tiempo para estar encima de él mientras recorremos, lentamente, las calles atestadas de otros autos en la ciudad y también junto a él para lavarlo, hacerlo reparar y enchular; le dedicamos dinero para poder estacionarlo en una cochera que pagamos para poder resguardarlo, en unos estacionamientos en donde lo dejamos mientras compramos, estudiamos o trabajamos, para limpiarlo, lavarlo o para llegar al punto en el que lo estacionaremos.

En nuestra distraida concentración hemos alcanzado el fin de la vida de interacción de los peatones, pues cuando no estamos en el automóvil tememos aun más que nos roben, nos asalten, nos agredan y es poco lo que interactuamos con otras personas que andan a pie. Hemos acabado casi por completo con las actividades sin motor a gasolina o dsel. ﷽﷽﷽﷽﷽to con nos asalten, nos agredan y es poco lo que interactuamos con otras personas que andan a pie. Hemos acabado casi ísel. Muchos utilizan el transporte colectivo pero quisieran ser parte de los embotellamientos de vehículos en un automóvil particular. Sería mucho más caro, pero quizá un poco menos incómodo.

Nuestra ciudad dispersa y concentrada, Guadalajara, aumentó tres veces su tamaño entre 1990 y 2015. Y en vez de que se funden nuevos pueblos en su región, se han fundido antiguos pueblos en una gran metrópoli desorganizada, contaminada, ruidosa. Nuestra ciudad absorbe antiguos asentamientos para asfaltarlos, despojarlos de sus árboles y de su tranquilidad. Con todo, seguimos creyendo que la concentración dispersa en la que vivimos, que nos hace viajar muchos más kilómetros entre los lugares de nuestras actividades cotidianas, a velocidades mucho m no ser atropellados, chocados, alcanzados, multados, os a estacionar sus vehciencia promover la lentitud y el uso de los mediosás lentas que en el pasado, representa los grandes beneficios de la vida urbana. Nos quejamos de la contaminación y seguimos ahumando las calles; nos quejamos de la basura y seguimos comprando productos para tirar más basura en las calles; nos quejamos de los embotellamientos de vehículos y seguimos utilizando los automóviles con la vana esperanza de huir de los embotellamientos de la ciudad.

Mientras tanto, seguimos despreciando a los peatones (de los que desconfiamos) y a las bicicletas por su alcance espacial limitado debio a la capacidad de las piernas de sus jinetes, aunque también porque las avenidas, para dar cabida a más coches se han tornado insalvables por su anchura… Las bicicletas y los peatones tienen un menor alcance en kilómetros lineales que los vehíuclos de motor, pero conservan la posibilidad de rodear los obstáculos, en buena parte de las ocasiones, en un tiempo menor del que requieren los automóviles y autobuses.

En meses recientes, las autoridades que no tienen autoridad moral para que les creamos sus promesas, han iniciado una serie de obras urbanas con la intención de agilizar la movilidad (vialidades, tren ligero, túneles, reparaciones de calles antiguas). Con gran eficiencia, esas autoridades han logrado, gracias a sus obras (y no a sus buenas razones), promover la lentitud y el uso de los medios no motorizados, pues los automovilistas se ven forzados a estacionar sus vehículos, ahora en zonas prohibidas, más lejos de sus destinos, para poder llegar al otro lado de los obstáculos que los diseñadores de estas obras han puesto a disposición de la ciudadanía para que los pobladores de nuestra metrópoli se concentren en no ser atropellados, chocados, alcanzados, multados, insultados.

Pocos frutos y poco tiempo nos han dejado la dispersión: mucho camino por recorrer en nuestros trayectos, a velocidades mucho más lentas, para llegar a espacios más reducidos a pesar de estar tan dispersos.







jueves, 24 de septiembre de 2015

Pecar es humano: plagios, niñeras y autos alemanes

Pecar es humano: plagios, niñeras y autos alemanes

Este 2015 nos hemos topado con tres noticias que nos hablan del mismo tema y que han cristalizado en escándalos en tres distintos ámbitos: el de la academia, la alcoba y la bolsa de valores. Al menos dos de ellos tienen importantes repercusiones internacionales y salen del ámbito en que se produjeron.
El primero de ellos es el caso de una denuncia de plagio desde una universidad estadounidense en contra de un acaémico chileno que decía trabajar y escribir en una universidad mexicana. La demanda hacía del conocimiento del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología en México que ese hombre que trabajaba como académico en la Universidad Michoacana de San Nicolas de Hidalgo había publicado como suyos textos que habían sido escritos por investigadores reales que habían hurgado en archivos y generado sus propios análisis. Semanas más tarde se descubrieron otros dos casos muy similares, en el Colegio de San Luis y en el Colegio de la Frontera Norte.
¿Académicos que se roban textos de otros y los publican con su nombre? Eso no puede ser, si partimos del supuesto de que ningún científico que se respete puede faltar a la verdad. Pero al menos en esos tres casos en el ámbito académico mexicano nos hablan de que el supuesto del apego a la verdad no está tan bien fundamentado como pensábamos.
El segundo caso es el de una universitaria que estudiaba pedagogía y se dedicaba a cuidar a niños de celebridades. Al menos así creían las mamás de esos niños, pues resulta que además daba ciertos cuidados a los papás de esos niños. Cuando se descubrió una excesiva familiaridad de la niñera con uno de los papás, salieron a flote otras noticias y nos enteramos del caso como parte de una serie de relaciones de la niñera con otros padres célebres. El caso no ha tenido, al menos hasta ahora, mucha repercusión intrernacional y se ha concentrado sobre todo en sucesos en California, el ámbito doméstico y, suponemos en el de las actividades realizadas en el lecho y con escasa ropa. ¿Niñeras que se acuestan con los maridos ajenos? Tampoco podría suceder, si ella sólo cuida a los niños, no se encarga de colsolar a los papás. ¿Sería posible?
            El tercer caso es de los once millones de motores dísel que daban indicaciones de emisión de gases que eran hasta cuarenta veces inferiores a las reales. El descubrimiento lo hizo un par de jóvenes interesados en medir esas emisiones, al comparar sus datos con los datos oficiales de automóviles de la fábrica de VW. El hecho de que arrojaran mediciones de cuarenta veces más contaminantes que los instrumentos habituales para “certificar” esa emisiones desató un escándalo no sólo en los mercados de automóviles, sino en la bolsa de valores en donde la VW perdió, en dos días, el 30% del precio de sus acciones. ¿Fabricantes de automóviles que inventen maneras de que los indicadores de contaminación resulten más bajos ante los sistemas habituales de medir los gases? ¿Habría alguno que lo hiciera?

Cogí lo que no era mío
Eso de que a los humanos los agarren sin calzones a veces no les deja más opción que hablar “a calzón quitado” (pues de una vez, ya que estamos así). Así que de los tres ámbitos nos han llegado algunas declaraciones de los involucrados. No todos los involucrados, claro, pues algunos académicos o funcionarios que fueron parte del ocultamiento de los casos de plagio no han dicho “esta boca es mía”, mientras que las parejas legales y legítimas de los que tuvieron affaires con la niñera han preferido guardarse sus maldiciones para ámbitos más privados y no proferirlas ante los representantes de los medios de comunicación. En especial porque los periodistas suelen tener fama de chismosos y luego van y cuentan de lo que se enteran. La más sincera de las declaraciones vino de uno de los altos ejecutivos de la Volkswagen (compañía que, por cierto, abarca también a marcas como Audi y Porsche): “la cagamos”, admitió.
En los tres casos, asociados con el tema de la honestidad, encontramos que no hay tanto una preocupación por lo que se hizo, sino que la vergüenza es sobre todo por haber sido pillados figuradamente “sin calzones”. Lo que les duele no es haber hecho lo que hicieron. Lo que sienten es que los atraparan.
Tanto los plagiarios de textos que cobraban como si las publicaciones estuvieran asociadas con un hecho de indagación y escritura de parte de ellos, como la niñera y los padres de los niños que ésta debía cuidar, así como los ejecutivos del conglomerado automotriz no tuvieron más remedio que decir: “oops (I did it again)” o simplemente exclamar “Scheisse!” Los agarraron con las manos en el texto ajeno, o en los atributos de persona con la que no existía un contrato matrimonial, o en un segmento del mercado automotriz que no hubieran conseguido de haber eclarado qué tan contaminantes eran sus motores dísel.

Pecar es humano y se siente divino
Ya sabemos que no es la primera vez que sucede. Los humanos han heco cosas que se les prohíbe desde la primera vez que se les prohibió algo. Recordemos a nuestros supuestoa ancestros con la jugosa, suculenta, brillante manzana. Y es que el diablo suele disfrazarse de tantas cosas y ofrecernos tantas tentaciones apetitosas para apropiarse de nuestras almas mortales. Ya lo vimos en la película aquella en que el diablo se pone el cuerpo, las curvas, la sensualidad y la sonrisa de Elizabeth Hurley para tratar de robarse el alma de un jovencito atolondrado y enamorado.
La misma Volkswagen está asociado con otro caso mucho más antiguo. Quienes han escuchado de la Volkswagenwerkstiftung probablemente sepan que no se trata de una fundación con dineros que esa fábrica aporte a la investigación en este momento, sino de una compensación por los salarios que no se pagaron a los Zwangsarbeiter (trabajadores forzados) de la época del nazismo. Como esa marca, fundada por Adolfo Hitler se benefició del trabajo no pagado, después de la guerra, cuando la fábrica de Wolsburg quedó en manos del ejército inglés, se constituyó un fondo para promover la investigación ya que no se les podía pagar ya a los trabajadores ni a sus poco probables descendientes.
Del plagio de textos a veces nos enteramos, quienes somos profesores en alguna institución académica, en los pasillos, entre cuchicheos: “fulano se robó mi escrito” o “yo conseguí esa información y escribí el reporte, pero tal profesor con más o menos prestigio o más o menos edad lo publicó sin darme el crédito”. El plagio se ha dado a veces hasta a sabiendas de quien es plagiado. No todos denuncian. Ni todos los casos salen a la luz pública.
Trucar los motores para que arrojen mediciones distintas de las reales tampoco es una novedad. Se hace para venderlos más o para que corran mno es que no tenga culpas, sino que dras sin dañar a la adxinar sobre sus propias culpas y pecados. Sin embargo, segs mtras almaás rápido, o para que compiatne ne segmentos que son superiores o inferiores a sus verdaderas características.
La verdad es que la verdad no es tan neta como pensábamos. A veces se le añade algún peso bruto, con la esperanza de que no haga más que peso muerto y no haga daño. Pero el caso es que a veces sí lo hace. Y añade pesadumbres a los que pecan, pero todavía más para aquellos contra los que se cometió el pecado.
Que todos los humanos pecan lo señala aquel pasaje que no siempre cuenta la anécdota que lo remata. Cuenta un texto, difundido en varios idiomas, que la adúltera se salvó de ser dilapidada porque Jesús increpó a quienes tenían intención de apedrearla: “el que esté libre de culpa, que lnce la primera piedra”. Según ese texto, ya nadie se atrevió a lanzarle alguna roca, ni siquiera un guijarro, al reflexinar sobre sus propias culpas y pecados. Sin embargo, según cuenta la anécdota popular, después de que casi todos soltaron sus piedras sin dañar a la adútera, ésta recibió una pedrada. Volteó Jesús y preguntó, sorprendido e indignado: “¿acaso tú nunca has pecado?, ¿Por qué la apedreas?”. A lo que contestó el que lanzó la piedra: “no es que no tenga culpas, sino que es mi esposa y la verdad es que sí siento gacho”.
Mientras que unos sienten que el placer deivado del pecado es divino, hay otros que sienten que el sufrimiento derivado del pecado ajeno los lleva a las profundidades del infierno. Y ya que hablábamos del averno y de la personificación de Elizabeth Hurley como Satanás, habrá quien recuerde que a esta bella actriz con la que más de alguno pecaría si se le presentara la ocasión (vaya o no a cuidar niños a su casa) hubo de sufrir otra cornamenta de parte de Hugh Grant. Literalmente, al pobre Hugh lo pillaron al menos con los calzones abajo y en boca de una mujer que no tenía la belleza de su pareja pero que llevaba el nombre de Divine. En plena actividad de sexo oral, no nos queda duda de que Hugh no sabía si quejarse por la interrupción o lamentarse por haber sido señalado.
¿Quién es perjudicado por el plagio de un texto, o por aprovecharse de los regalos divinos de un cuerpo que después se comerán los gusanos, o por vender automóviles que contaminan “un poquito” más de lo que señalan los medidores de gases emitidos? ¿Qué tanto es tantito? ¿Por qué tanta indignación? ¿Acaso porque eres quiien escribió el texto y te da coraje que otro reciba las becas, apoyos académicos y dinero para asistir a los congresos en vez de que seas tú? ¿Acaso porque en vez de disfrutar de sexo oral (o telefónico o como sea) con la pareja legítima hay quien acude a su corazón de mesón y da hospedaje a algún otro inquilino urgido de acogida? ¿Acaso es doloroso porque eres un ecologista que se decía consciente de la necesidad de no ensuciar tanto el medio ambient y descubres que lo ensucias tanto más?

Echarle la culpa al otro
En muchas ocasiones, el meollo del asunto no está en descubrir quién la hizo, sino quién la pague. Habrá quien alegue, en descarga de la negritud de su alma, tinta, intenciones o del aire urbano, que en realidad no quería hacerlo. Sino que se vio obligado por las circunstancias. Así:
- Es que me exigen que publique mucho, pero no me dan tiempo para investigar porque me obligan a demasiadas horas de docencia y traslado;
- Es que no me atiendes, por más que te pido que sea de un modo, siempre lo hacemos a tu manera;
- Es que las agencias de protección del ambiente exigen que cumpla con ciertos criterios de calidad de gases, pero el mercado me exige que tenga listo el producto.

Los implicados en estos tres ámbitos, bien podrían declarar: Es war nicht unsere Schuld (no fue nuestra culpa). Si cogí lo ajeno fue por necesidad ante las exigencias de otros. Norbert Elias las denomina Fremdzwänge, es decir, las obligaciones que vienen de otras personas y señala que cualquier persona que tenga una relación con otra o que dependa de otros se enfrenta a estas obligaciones. Por eso pagamos “impuestos” (como su nombre lo indica), que representan contribuciones para la provisión de bienes y servicios que nos benefician a todos. Eso aunque sepamos que a unos los benefician más que a nosotros.

La pregunta que cabría plantear es si, por el hecho de estar obligados “desde fuera” a hacer algo que nos resulta tan difícil, pesado, desagradable, desgastante y que además nos evita determinados placeres como la altura de la gloria en los congresos académicos, las profundidades de la relación sexual o afectiva, la posición privilegiada entre los fabricantes de determinados productos, ¿estamos justificados a adulterar nuestros productos (sean textos o autos) o nuestras relaciones (con nuestra pareja o nuestros amigos o colegas)? ¿Qué tan racional en el largo plazo es la búsqueda del placer a corto plazo? No siempre podemos anticipar las consecuencias, ni si nos van a atrapar en la mentira, pero lo que nos enseñan estas noticias es que hay quien sí anticipa las ventajas que le ve a hacer una trampa, grande o pequeña, de millones de autos, o de algunos miles de páginas o de unos cuantos minutos de placer carnal. ¿Hay garantías para evitar las chapucerías propias o ajenas?
A veces confiamos más en los otros que en nosotros mismos, precisamente porque no sabemos si ellos serían capaces de sentir con tanta enjundia nuestras pasiones, nuestros deseos desatados, nuestras atracciones, nuestros proyectos. Lo que sí sabemos es que en algunos casos sí pecaríamos. Lo bueno es que el arca abierta (o las piernas, o los tubos de escape, o las computadoras) no siempre se nos presenta a los más justos. Porque, puestos en la situación de pecar, habrá quien se pregunte no si puede hacer o no determinado ilícito, sino cuál es la probabilidad de que lo pillen y señalen como perpetrador de ese acto. Una vez pillados, entre las consecuencias se encuentran que se pierda el amor/afecto/favores/recursos de los demás. Pero también se encuentra la posibilidad de que los otros pierdan la confianza en nosotros y en nuestras acciones. Lo que nos pone también en la duda: ¿y si los demás son tan tramposos, pecadores, adúlteros, mentidos como yo? ¿Se ajustan ellos a las promesas verbales, a las leyes, a las amenazas de castigo, a las probabilidades de ser descubirtos?


La próxima vez que el académico plagiario saque a pasear a la niñera (sin niños, claro) en su auto alemán comprado con el dinero de sus bonos por productividad, antes de llamarse a robado por una jovencita que lo esquilma (cuando es él quien saca sex-appeal de la cartera) y por un fabricante de motores dísel que son menos eficientes y limpios de lo que dicen ser, quizá deba recordar la frase de “pensar azul” y hacer una revisión de conciencia: mientras él se robaba los textos ajenos pensando en los billetes verdes, ella quizá simplemente pensaba en cómo concretar el mandato de “la que quiera azul celeste que se acueste”.  

sábado, 19 de septiembre de 2015

Entre la chamba y el suburbio


 
Creías que era una buena idea. Invertir unos cuantos cientos de miles de pesos en la adquisición de una casita para tener cierta seguridad patrimonial. Al fin ser propietario de un pedacito de planeta. Un pedacito de planeta de un tamaño que no podrías adquirir en el centro de la ciudad. Ni siquiera en los barrios y colonias cercanas al centro de la ciudad. Tampoco en los fraccionamientos más modernos que colindan con los barrios y colonias de los que se dice que están bien ubicados.

Rentar una casita, un departamento o aunque sea vivir en una casa de asistencia cercana al centro de la ciudad te costaría lo mismo mensualmente que lo que pagarás de mensualidad por el préstamo hipotecario. Y eso que incluye una buena parte de intereses. Sientes que con todo e intereses podrás pagar esas mensualidades, con la ventaja añadida de que, quizá, en algún momento, podrás vender esa casita para comprar una más grande. Ya ves que diez, quince, veinte años se van rapidísimo.

Total, ya podrás impresionar a tu pareja en potencia cuando, así casualmente, como sin darte cuenta, te lances a ganar méritos como excelente al decirle que eres propietario, o casi, de una residencia nueva en un lugar idílico, con áreas verdes y hasta terraza para fiestas.

Lo malo es que ahora no puedes dejar ese trabajo que tienes en el centro de la ciudad, porque es el que te da los ingresos para pagar la casita. El problema es que, como en ese nuevo fraccionamiento, con sus cotos que te decían que eran exclusivos y te ofrecían privacidad, no sólo ves a tus vecinos con demasiada frecuencia, sino que no hay tiendita de la esquina, y el mercado del pueblo más cercano está en realidad muy lejano y a la hora en que se pone el tianguis más cercano, al otro lado de la avenida de ocho carriles, tú tienes que estar en el trabajo.

El chiste es que para llegar a las tienditas, supermercados, mercados, tianguis y hasta al trabajo mismo, desde tu casa, necesitas un carrito. Tener tu casita y tu carrito. ¿Quién diría que el haber iniciado a pagar tu sueño de tener una casita te impulsaría a lograr el otro sueño de tener además un carrito? Claro que no es el carrito que más te gustaba de entre los que se anuncian en las revistas y en los periódicos y en los espectaculares que ves en las avenidas atestadas de vehículos en tu camino al trabajo. Pero, al fin, es un carrito. Con eso de que este carrito es un poco viejo, hay que meterle algo de dinerito para arreglarle algunos detalles. Las llantas todavía aguantan, pero mientras podrás usar el dinero en ponerle gasolina. No importa que la pintura esté un poco desgastada y que haya unos cuantos rincones por los que se empieza a oxidar el metal del carro o que algunas de las partes de plástico estén un poco rotas y hayas tenido que repararlas con cinta canela.

Ser propietario de una casita que está lejos del centro y de tu trabajo, y de un carrito que está lejos de ser nuevo y eficiente, representa que te levantes más temprano, no para trabajar o producir más, sino para alcanzar a llegar a tiempo al trabajo. Dos horas y a veces tres horas, en especial si es la noche del viernes de quincena te representa la suma de los viajes de viaje de ida y vuelta entre tu casita y tu trabajo, con tu carrito.

Y pensar que una buena parte del camino es estar detenido entre muchos otros que viajan en la madrugada hacia el centro y de regreso en la noche. Ya hasta comienzas a anticipar a algunos de los personajes, pobrecitos, que estarán en la parada del camión de éste y del lado contrario de la avenida. Te reconocen ya los limpiavidrios y los malabaristas de varios de los cruceros por los que pasas. A algunos los ves tempranito, cuando vas al centro. A otros al regreso. Pobrecitos: ellos no tienen una casita en un coto dentro de un fraccionamiento, así que los apoyas cada vez que puedes, aunque el parabrisas todavía aguante unos días con esa mugre que se le acumula a tu carrito que tanto quieres porque te lleva a tu trabajo y de regreso. Eso de los embotellamientos te desespera en primer lugar porque quieres llegar pronto a tu trabajo. No quieres que te corran porque, entonces, ¿cómo pagarás las mensualidades de la casita y la gasolina para tu carrito? Pero también te desespera que haya embotellamientos porque sabes que eso implica que gastas más gasolina tan sólo en estar en el proceso de avanzar-frenar. Y con lo bajas que están las balatas. Cada vez rechinan más.

¿Qué vas a hacer cuando te choque algún tipo cuyo carro no tenga buenos frenos? Huy. Eso de quedarse sin carro te hace angustiarte y enojarte de tan sólo pensarlo. Sientes que serías capaz de golpear al tipo en su carota de carne y hueso, si llegara a golpear tu carrito con su armatoste viejo, mugroso y oxidado. ¿Qué vas a hacer si llegaras a golpear el auto de enfrente? Sobre todo te preocupas por esa posibilidad cuando tienes que mandar algún recado por el celular para que tus amigos te hagan un favor porque vas tarde y no alcanzarás a comprar el café a la pasada.

Que no choque, que no choque, te dices, mientras aumenta tu angustia porque se te hace tarde, no has tomado tu café, ni siquiera alcanzaste a desayunar porque ayer llegaste tan tarde a tu casa que ya ni te acordaste de llegar a comprar algo para la cena y para el desayuno. Y como no hay tiendita en el barrio, tienes que parar en el camino para comprarte “un algo”, aunque sea unas papitas o un gansito o unas galletas. O a lo mejor algo más sano, como un yogurito o una manzana. Lástima que estén tan caros en la tienda ésa, diseñada para la “conveniencia” de los franquicitarios, más que de los clientes.

Tan llena que está siempre esa tiendilla. Con un estacionamiento tan chiquito y tantos peatones que se atraviesan que hacen que sea más lento entrar o salir de uno de sus lugares estrechos. ¿Y si los estacionamientos esos estuvieran más grandes? Y de una vez, que pusieran las tiendas ésas en avenidas más anchas, o que hagan más anchas las calles, para que quepan más carros y todos puedan llegar más pronto a sus trabajos en el centro. O al menos que no estorben tanto. Muchos carriles para que todos tarden menos en llegar al centro y de regreso. Con enormes estacionamientos en las tiendas. Con muchos centros comerciales en el camino, para compensar por la falta d tienditas en el coto del fraccionamiento que ofrece privacidad y en donde tú y tus vecinos se encuentran más de lo que quisieras.

Y pensar que todavía te faltan casi todas las mensualidades para pagar ese préstamo hipotecario que te tiene desvelado, a no ser que caes como costal de piedras del cansancio de manejar y del trabajo que ya no disfrutas tanto como antes porque ya no te queda tanto dinero para algo que no sea pagar la gasolina, pagar la casa, pagar las cuentas de celular y de electricidad de tu casita nueva. El tiempo va tan despacio y el dinero tan rápido. ¿Cuándo será quincena? Pero si es quincena significa que estará más cerca la fecha del cobro de la hipoteca.

Qué angustia sientes. Tienes miedo ahora no sólo de chocar, de perder tu empleo, de no tener tiempo suficiente para dormir, ya no digamos para organizar una reunión con tus amigos a los que podrías presumir que eres dueño de una casita con derecho a una terraza que siempre está sola. Qué vecinos tan tontos tengo, que nunca aprovechan la terraza. Mejor para mí, cuando al fin pueda invitar a mis amigos. A los que tendrás que recoger en la parada del camión del centro comercial pues casi todos son pobres y andan a pata o en camión y no han tenido para comprar casita ni carrito. No ves por qué ninguno se ve preocupado por llegar a tiempo a su trabajo. Y cómo desperdician tiempo y dinero en ir al cine y en tomar cerveza y reunirse unos con otros en fiestas de las que tienes que regresar temprano porque luego no alcanzas a dormir suficiente para ir a trabajar al día siguiente.

Y piensas que ojalá pudieras rentar una casita, un departamentito o quizá, aunque sea, pudieras vivir en una casa de asistencia en el centro, cerca de tu trabajo. Para poder irte a pie sin que sea tan temprano y poder regresar sin problemas con la posible ubicación del alcoholímetro aunque sea tan tarde. Pero pagar la hipoteca de tu casita te deja siempre tan orgulloso. Y manejar tu carrito, al que quizá algún día, cuando sea más rápido llegar desde tu coto en un fraccionamiento con terraza, puedas añadirle un estéreo con ocho bocinas para escuchar música y noticias. Sería bueno escuchar por radio cuáles avenidas están saturadas en vez de tener que enterarte a través del celular que todas, todos los días, están hechas un asco de embotellamientos.

En unos veinte años quizá puedas al fin comprar la bicicleta que tanto te gusta. Porque eso de vivir tan lejos y pasar tanto tiempo en el carro en los embotellamientos, y tener poco tiempo para comer bien o para hacer ejercicio te está poniendo un poco repuestito. Una repuesta como de diez kilos desde que saliste de la escuela y comenzaste a trabajar. Pero eso de comprar la bici será después de que termines de pagar tu casita y de que cambies tu carrito por uno que sí sea el de tus sueños.