lunes, 10 de mayo de 2010

No tengo tiempo, no tengo tiempo

En las épocas en que mi sobrino Emilio solía quedarse a dormir en casa de su abuela, en donde yo también vivía, tenía sobre mi buró un par de libros de Lewis Carroll. En la portada de uno de ellos aparecía claramente la liebre, siempre apurada, de la historia de Alicia. Emilio, que sabía a la perfección sobre el desdoblamiento de Alicia – Mariana, solía llegar hasta el buró para ver el dibujo y yo siempre le decía que en realidad se trataba de una foto de su madre (mi hermana Hilda), quien toda la vida ha estado en apuros y con el tiempo recortado. ¿Cómo podía ser que incluso después de su boda mi hermana corriera a dar su clase en la U. de Guadalajara, en vez de ir a celebrar su propio desposamiento, dejándonos a la familia la responsabilidad de platicar con el nuevo marido en tan marcada ocasión? Es algo que yo me había planteado ese día y era la pregunta a la que siempre recurría ante sus negativas a asistir a alguna otra comida, cena o paseo familiar.

Ahora mi sobrino Emilio, ante mis invitaciones para que vaya a comer a la casa en la que vivo con su tía y sus primos, responde “no tengo tiempo, voy a estar muy ocupado”. A sus casi 16 años, está siendo invadido por la predicción / despcripcíon de aquel título de Ulalume González de León: “A cada rato Lunes”. El problema es que en esta ciudad en que antes lográbamos ir de compras y de paseo a Plaza del Sol y regresar una hora después, ahora tan sólo realizar ese trayecto de los nueve semáforos que separan nuestras respectivas casas (la de mi sobrino-hermana y la mía con mis familia) de ese setentero centro comercial en ocasiones ya nos consume los sesenta minutos en los que antes ya estábamos de regreso.

¿Cómo era posible que en mis tiempos de estudiante alcanzara a leer mis múltiples asignaciones (en especial los cientos de páginas que asignaba y revisaba Ricardo Melgoza), y que además tuviera tiempo de andar en bicicleta, jugar futbol, invadir la casa-clínica de mi amigo y ahora compadre Juan José Morales, leer novelas, lavar carros (el mío y el de mi padre, y a veces hasta el de mi primo Robertime), además de cortar el pasto, sacar las hojas y barrer la entrada y cochera de la casa materna, además de ir a ver películas tan incongruentes como Star-Wars y otras más de la época? ¿Cómo? ¿De dónde salía el tiempo? ¿Qué hacía que fuera posible que la mamá de mi amigo Juan José me asignara a llevar a su padre a tomar fotos en una extensa región de Los Altos de Jalisco para promover carreteras entre Atotonilco y Puente Grande para lograr que su rancho Betania quedara adecuadamente comunicadoy que alcanzáramos a volver a tiempo para la cena? ¿Cómo alcanzaba a ir a clase, tener amigos, visitar a mi hermana, pedalear con mi hermano y sus amigos, pelear con mi madre y pasear con mi padre, todo el mismo día?

Algo ha pasado, además de mi creciente lentitud en el pensar y en el andar, que ha hecho que una sola actividad tome más horas en esta ciudad de lo que solía tomar. ¿Será que también nos estamos convirtiendo en liebres y hemos de desdoblarnos en más ahora que nuestros trabajos se han tornado más flexibles y nos vemos obligados a pasar más horas frente a la computadora de las que pasábamos en las “lentas” máquinas de escribir? ¿Cómo es que más rapidez no derive en más tiempo libre? ¿Por qué es tan poco el tiempo que puedo dedicar a mis hijos, si a la edad que tengo ahora mi padre alcanzaba a subir el nevado de Colima con nosotros, nuestros primos y amigos y todavía llevarnos a comer a Ciudad Guzmán? ¿Será que nos levantábamos más temprano, como los maestros que “trabajan” 25 horas días? Misterios de un ritmo que ahora equivale a un “a cada rato enero…” y en el que los años productivos y recreativos se nos acaban sin darnos cuenta…¿será tan sólo culpa del horario de verano?

2 comentarios:

Đєαтн dзΔLεя dijo...

Por eso hago lo que puedo por parecerme a Alicia y no a la liebre...

Đєαтн dзΔLεя dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.