jueves, 15 de enero de 2015

Las constancias de nuestra inconstancia


“No confío en ti”, es el mensaje que subyace a la gran cantidad de papeles que certifican que alguien es capaz de hacer algo, de que hizo alguna cosa o de que estudió alguna disciplina. Y el complemento a esa desconfianza es: “necesito que alguien más, con alguna autoridad institucional, avale tus hechos o tus dichos”. Así, en muchas de las instituciones nacionales e internacionales hemos recurrido a solicitar constancias y certificados, para al menos contar con un “aval” de que quien dice algo tiene un documento que ratifique su dicho.

Por esta desconfianza, los profesionales de cada disciplina deben exhibir sus credenciales, títulos profesionales, licencias para ejercer, certificaciones periódicas, cédulas, permisos y pagos a las autoridades correspondientes. Nuestras constancias escritas certifican y acreditan que nuestras aspiraciones a saber hacer algo están registradas en alguna institución y que un grupo de expertos ha sido testigo de que lo que hacemos lo hacemos con cierta maestría.

Afortunadamente para nuestra época de grandes cantidades de información, de altas tecnologías y de rápidas comunicaciones, esa desconfianza puede reducirse o ampliarse en casos concretos: si alguien llega a solicitar un préstamo, un empleo, una promoción o una cátedra, es posible buscar a quién preguntarle y entonces, tras la consulta, reforzar o retirar la confianza a nuestros interlocutores.

En esta época en que cualquiera que haya metido datos en la red mundial (internet) puede ser rastreado y sus datos pueden almacenarse en múltiples servidores y memorias digitales, hay quien se queja de ser “espiado” incluso cuando se trata de figuras públicas. Hay constancia incluso de cosas de las que no quisiéramos que quedara memoria. “Que no quede huella, que no, que no”, es un desiderátum que ya es difícil de cumplir en lo que a datos personales y trayectoria profesional o laboral se refiere. Si alguien deja de pagar sus deudas, o si comete adulterio, o si reprueba una asignatura, o manda un comentario en redes sociales o un mensaje por correo electrónico, lo más probable es que quede huella…

En este contexto de memorias superpoderosas, resulta absurdo que algunas instituciones pongan como requisito para realizar trámites, que llevemos en papel las constancias que certifican que las autoridades de esas instituciones están enteradas de lo que hacemos. Así, es un desperdicio de tiempo que disgusta a los usuarios y empleados, pero parece gustar a las burocracias, el tener que demostrar que el de la oficina de al lado de aquella en la que vamos a realizar un trámite esté informado de lo que hemos hecho o dejado de hacer.

En el caso concreto de las instituciones educativas, entre ellas la Universidad, es indignante que para algunos trámites se pidan hasta tres (o cuatro) constancias de lo mismo. El ejemplo a la mano: si un docente imparte una clase durante todo un ciclo lectivo, además de reportarse antes o después (o antes Y después) de cada sesión, de lo que queda una firma registrada, luego tiene que solicitar que se le extienda una constancia que deberá presentar ante las autoridades de la misma universidad para demostrar que sí dio la clase. Para realizar algún trámite de promoción o solicitar algún servicio ante la universidad o sindicato, se requiere, además, llevar la constancia que extiende el jefe inmediato del que extendió la primer constancia (y que ya contaba con registros).

No conformes con eso, los encargados del departamento de personal, deben extender una tercera constancia en papel para ratificar que la constancia que extiende el jefe directo de quien dio el curso y la constancia del jefe superior del jefe directo. Y el docente tiene que ir a recoger las tres constancias en papel, firmar que las recibió y luego fotocopiarlas para llevarlas a realizar el trámite, acompañadas, claro es, de una copia del contrato o nombramiento. En caso d que el docente no tenga a la mano su nombramiento, debe solicitar una copia al departamento de personal, para poder entregarla unos escritorios más allá. Y a todo eso hay que añadir las constancias de que, como docentes, hemos sido constantes en nuestros empeños…o alguna constancia de nuestra inconstancia y hemos cambiado de temas o actividades en nuestras encomiendas.

                La desconfianza que se supone debe desaparecer al hacer aparición las constancias en realidad se acrecienta pues algunos de los encargados de revisar las constancias levantan la ceja al recibir tantas constancias; y tienen luego que revisar en sus bancos de datos que las constancias coincidan con lo que han registrado los encargados de archivar digitalmente la información.

                De tal modo, parecería que no hay una relación entre las constancias escritas y la memoria institucional. No importa que haya teóricos como Max Weber que señalen que la burocracia representa una forma racional de administración o como Niklas Luhmann que insiste en que las organizaciones son capaces de “aprender” y tener memoria de los procesos del pasado. En apariencia, los burócratas de carne y hueso siguen requiriendo certificaciones de tinta en papel, y hacen lo posible por contradecir a Weber y se muestran irracionales al volver a requerir información que ya tienen las muy actualizadas memorias de sus computadoras. Y contradicen también a Luhmann al olvidar, de un ciclo al siguiente, las filas, dificultades, problemas, embudos, conflictos, iras, inconformidades, de quienes realizaron el trámite unas cuantas semanas o meses antes. Quizá a los burócratas mexicanos no les gusten los teóricos alemanes… O simplemente no les guste estar solos en sus oficinas y les encanta que se formen filas de incómodos y angustiados profesores en torno a sus escritorios tan alejados de las salas de espera y de sus memorias digitales.

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